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miércoles, 25 de abril de 2012









Qué bonito es vivir en el camino y liberarse de los miedos.
Qué feliz reencontrar la inspiración en tus miradas
y recordar mi infancia, cuando viajaba a los ríos y a las 
montañas, para jugar a ser poeta y a imaginarte,
escribiéndote poesías cuando aún no te conocía,
con mi libreta, mi lápiz de carbón y mis sandalias rotas. 
Y después volvía a casa y creía construir palacios.
Dibujaba siempre un campo de girasoles alrededor,
y nunca había sabido muy bien por qué. Hasta ahora.
También recuerdo que en el patio de mis abuelos,
había unas placas de mármol, que entonces me parecían
enormes. Y cuando mirábamos qué había detrás,
siempre encontrábamos un montón de caracoles dormidos.
Y yo echaba a correr a los brazos de mi abuela
porque no me gustaban, mientras me iba girando
para saber si me perseguían con sus casas ambulantes.
Pero ellos permanecían allí, quietos y juntos, como
planeando una invasión a las flores de mis dibujos.
Por las de los tuyos no te preocupes, que yo las cuido.
Tengo tres. Se están haciendo enormes, de verdad.
Cada día las riego y les hablo, como tú me dices.
Y puede que no te lo creas, pero ellas también me 
hablan de ti, y nos pasamos horas debatiendo cuál 
será tu próximo color de pelo mientras nos reímos.
Las flores te quieren porque eres como ellas,
haces lo imposible para encontrar el sol cada día,
y se lo haces descubrir a quien vive entre nubes,
como el niño del que te hablaba.
Por eso ahora es primavera en mí, y no necesito 
más que agua, luz y unas palabras tuyas
para echar raíces en tus mejores recuerdos.
Y así, florecer.



domingo, 22 de abril de 2012

"La Tierra no es una herencia de nuestros padres, 
sino un préstamo de nuestros hijos." 


Proverbio Indio









Feliz día, Tierra.
Adelante, ¡desátate! ¡grita tu nombre!
Desnúdate de esas ocres ciudades que te visten
y sal a bailar dejándote ver esos colores alegres.
Haz que mujeres y hombres queden embobados,
rendidos a tus maravillas,
suplicándote un día más en el paraíso.


Adelante Tierra,
convence a aquellos que te han desterrado,
dale luz a quienes te han adornado con
bisuterías baratas, y también a quienes te han
ofendido ensuciándote, y acercando el infierno
a tus feudos, han avivado tus llamas internas.


Paciente Tierra,
que viste al humano abusar de los bosques y
de los mares, y después, abusar salvajemente
del resto de animales, blasfemando ante ti,
creyendo ser dueño de lo que le prestaste.


Tú Tierra,
que viste al humano, loco de él, 
enfrentarse a sí mismo, dividiéndote 
en parcelas, dibujándote fronteras,
y matándose por defenderlas.


Tú que viste indefenso al Indio ante el colono.
Al hombre bueno apaleado por uniformes
sin cabeza. Al mendigo abrazar tu frío.


Tú que sufres en el olvido, observándonos
mientras giras triste, esperando que descubramos
que Dios no están los cielos, sino en tu pecho.


Llévanos Tierra, a tu océano más pacífico,
y ahóganos en oxígeno. Haznos un hogar
en las entrañas de tu árbol más antiguo,
y de nuevo, llena de flores nuestras vidas.


Porque desde que te fuiste,
no ha dejado de llover ceniza.






Feliz día de la Tierra;


David Rebollo

viernes, 20 de abril de 2012


Cuando el reloj dictó el primer segundo del tercer mundo en mi conciencia,
un cuarto de nostalgias, impropias de mi quinta, abrió sus puertas.
Y me volví a los tiempos de Sexto Empírico, y a los siete mares de Heródoto.
Subiendo y bajando octavas te pinté la novena en los oídos, como te prometí.
Pero amigo,
la perfección vive en la muerte, 
y yo creí encontrarla.








David Rebollo

miércoles, 15 de febrero de 2012




Nos citamos en una tormenta de Brassens,
e hicimos un monumento a su mauvaise réputation.
Yo era el Rocamadour de Cortázar,
ella pintó mi decadencia.
Voltaire desayunaba a nuestro lado.
Mientras, en un Sena de Monet se fundía la nieve.
En la ciudad que regaló la de la Libertad.








lunes, 13 de febrero de 2012

Aquella última noche que llegó ebria de júbilo,
le abrí las puertas de mi cama
que es un cementerio en llamas,
donde duerme su olor en frágiles bocanadas,
y los besos que no nos dimos,
y que malgasté en juegos de azar.

Ahora, un curso acelerado de olvido
al que no quiero asistir.
Un perdón, un saco de incerteza.
Porque hay un reloj que me exige prisa,
y otro de arena que echa de menos su playa.
El error de jugar a ser poeta.

D.R

sábado, 4 de febrero de 2012



En bosques de estatuas de sal,
donde aguardan el diluvio
que en la boca del Vesubio
enraíce profundo un rosal.

Recuerda amigo mi postal,
que si algo os turbia el deseo,
gladiador sin coliseo
es harto pez fuera del mar.

Ya no hallo vida sin jugar
a ser muerte en tu museo.



David Rebollo 

jueves, 15 de septiembre de 2011




Yo que tan libre me creí crear, 
moriré esclavo de ojos tristes, de gritos y canciones.
Costumbre es citarme en los espejos y llegar antes que el reflejo,
intentar abrazarme si me encuentro en los lagos,
buceando hasta perderme con mi sombra;
la que tantas noches te costó construir. 


David Rebollo Genestar

lunes, 23 de mayo de 2011



Desde la cornisa susurraban unas y otras en tono burlesco, esperando que Blanca volviera.
Pero ya era demasiado tarde; Blanca había decidido morir volando.



David Rebollo Genestar

martes, 3 de mayo de 2011

Las tres esfinges en bikini. S. Dalí

Cuánto desapego pegado a mi tuétano. Esa falsa modestia tan poco falsa, tan real y presente.
Desorientado en un invierno que ya se cuenta por décadas. Esas ocho tres de la mañana por noche.
Este coche que rompió sus retrovisores, el mismo cochecito que mecía mis esperanzas soñolientas. 
Y allí estaba yo, sentado dentro, mirando hacia delante, sin saber que el futuro me esperaba detrás.






David Rebollo Genestar



viernes, 1 de abril de 2011



Espejo, no te recordaba aquí, en estos ojos.
Tampoco te olvido en los míos, que no son camino ni horizonte,
pero se hallan verdes en la esperanza mientras moldeas mi barro.
Espejo, no te esperaba aquí, en estas palabras.
Tampoco olvides las mías pues nada más detento en mi sangre,
y son litio cuando busco y visten plomo si te encuentro.
Espejo, no te buscaba allí, en mis recuerdos.
Tampoco en los quince minutos que me quedan de vida,
aunque me pintes puertas sin pomo y ventanas de mármol.
Espejismo, no te recordaba aquí, en estos ojos.



David Rebollo Genestar

martes, 22 de marzo de 2011



Sigue uno mirando el suelo esperando una brecha de luz como observan los pájaros su jaula azul.
Cabalgando en serpiente el desierto de algas y algos, del blues eterno de  miradas perdidas.
Sube a mi tren y destrúyete, instrúyete en el vivir, un premeditado derivar de corrientes.
Antes que Dios te encuentra el hambre que es más veloz, y cuando su voz abrió la puerta me dijo:
-He venido a matarte otra vez.
Y joder si lo hizo.




David G. Rebollo 

sábado, 26 de febrero de 2011


Detesto darme a conocer, sin embargo, me beso con la intuición.
Es genial escribirte vacíos sin sentido y que leas vasos colmados,
que me beses como a un desconocido y me grites tu rutina hueca.
Hoy me visto de piel, que ya pesa lo suficiente.
A las cinco de la primavera, ojos de empresario y vagabundo 
se conocen en un cruce de luz tenue, y esas son las miradas 
universales, donde todo se comparte; donde el corazón se detiene
y anima a tirar monedas por no congelarse en su sangre verde.

Asienten pero no se entienden. Nadie lo hace.


David Rebollo

martes, 22 de febrero de 2011

Vengo vestido de amnistía, de exilio y folio en blanco, de ojos grises que quieren llorarte.
Me tengo disfrazado de razón, de punto en común. No hay ser si no somos y nos creemos crear.
Géminis de atracción sucia y potente, siendo yo un capricornio tan veraniego. 
Si el sosiego me reta moriré pronto, y las válvulas en las que me escondía cavarán por mí.


Un diamante se pule en la mina del horror.




David Rebollo

lunes, 21 de febrero de 2011



Siempre te miento. También ahora.
Me busqué en todas partes, te juro; en el esfuerzo y en los desvanes.
En el recuento salgo perdiendo, por horas y monedas, frío y frialdad.
Comprar la paz es invertir en guerra, y ya me cansé de dispararte.
No tengo sentido más allá de tu pensamiento.
No tengo sentidos más acá de tus vicios.
Pero jamás te mentiría. Tampoco antes.


Tan bien antes, tan poco ahora.
Pero el ahora siempre es antes y nunca llega a ahogarme, mujer.



David Rebollo



jueves, 27 de enero de 2011





Cuando tu boca se llena de orgullo en su vacío se silencia y en ella duerme despierto el reproche.
Cuando el pan de ayer es la cena de mañana y las esquinas no nos cruzan sin opinar.
Siempre que nos duelen las muelas a rabiar y el dolor nos mole, y se consume el sol sin que nadie nos avise, perdidos y desengañados en disfraces y lugares sin lugar; espejos que no son el nuestro.
De pronto la vida nos hizo elegir entre el tiempo al tiempo o la muerte a la muerte, y decían que el tiempo todo lo cura, todo lo borra, también nuestras pieles y ojos. Y al final desayunamos una colección de ayeres que no fueron y de presentes impresentables. El futuro pasado, por alto y bajo tierra.
Pero ahí crece mi orgullo y es tu boca quien lo amansa, en la estresante tranquilidad de lo eterno.
Puede que el cielo sea menos cielo sin nubes, sin suelo, y que la madera sea el último cuadro que nos haga temblar los huesos.  Porque tus besos son tus besos, entre labios o palabras, y nadie es nadie cuando los encuentra si de cada segundo que me robas me devuelves cuatro vidas y mi autito de lata.

No me llevaré nada al cajón, pero él tampoco se llevará nada de mí. 
Este es mi pacto con la muerte.

David Rebollo Genestar


sábado, 8 de enero de 2011

Agujas y engranajes. Flores que marchitan.
Cuando todo no es bastante,
siempre gritan los mudos, delante,
se pudren los huesos y el disfraz.


David Rebollo Genestar


martes, 19 de octubre de 2010




Debiste aclarar que en los conflictos ideológicos sólo luchan las ideas.
Debiste estipular que las manos deben unirse a manos y no a gatillos.
Debiste olvidarte de repartir el hambre.
Debiste acordarte de repartirlo mejor.
Debiste desmentir proclamas en tu nombre.
Debiste cambiar tu nombre por el de libertad.
Debiste deshacernos a tu imagen y semejanza.
Debiste tratar mejor a los poetas.
Debiste recordarnos que el cielo está en la tierra.
Debiste impedir que el infierno también lo estuviese.
Debiste abrirnos los ojos y las puertas.
Debiste cerrarnos los odios y el dolor.
Debiste darnos la confianza de no necesitarte.
Debiste explicar que no existes. No lejos de un corazón.





Debiste remarcar la importancia del libre albedrío, 
                  pues se impuso la del libre mercado.





David Rebollo Genestar



lunes, 26 de julio de 2010

Contaban que el día de su graduación en esencialismo, aquel cronopio de Julio se dispuso ante el rector del mundo que habitaba y se interesó prudente:
- Señor, ¿por qué repartieron tanto orgullo? ¿Y por qué tan poca libertad?
¿Por qué tanto hambre y escasa solidaridad?
El rector extrañado trató de elaborar una respuesta que de bien seguro convencería al cronopio. - Verás amigo, todos los elementos del mundo a los que el humano alcanza se rigen por una ley que no está escrita, pero hace con ellos los balances justos: la ley de la oferta y la demanda. Así pues, si por ejemplo, la libertad tuviese mucha demanda, lo justo sería subir su precio.
El cronopio miró extrañado, como sin comprender una sola palabra de lo que el rector le exponía - Y digo yo, señor rector, ¿no sería más justo repartir todos los derechos que nos quedan y dejar de traficar con amor? - El rector frunció el ceño y giró la cabeza mientras murmuraba entre dientes: "otro comunista...".

David Rebollo Genestar
Cronopio soñador

miércoles, 21 de julio de 2010

Aquella fue la noche más luminosa de todo el otoño. El temporal azotaba ferozmente la vegetación tras el cristal. Mis sentidos no daban crédito ante el espectáculo natural que presenciaba. Los relámpagos me fascinaban, causaban en mí un torrente de imaginación desbordada del que nadie me podía secuestrar. Recuerdo que con mamá contábamos los segundos que separaban a los truenos durante la cena para saber si la tormenta se acercaba o por el contrario, empezaba a desvanecerse. Pues bien, aquella noche el silencio se acortaba trueno tras trueno. De hecho, cuando me fui a la cama todavía seguía acercándose la tormenta. Al verme en la soledad de la oscuridad más iluminada y sonora, me sentí sumamente desprotegido y rápidamente llamé a mamá a la habitación. Cuando entró, con el delantal y un trapo entre las manos, me eché encima de ella en busca de resguardo. “Papá llegará de un momento a otro” me dijo, y me volvió a acostar, intentando desquitarme de mis temores. Yo, por tal de no molestarla más mientras preparaba la cena de papá, me estiré de nuevo y cerré fuertemente los párpados mientras me tapaba completamente con la sábana. Al poco llegó papá. Mamá le ofreció la cena y se retiró a su habitación. El comedor quedaba lejos y no alcancé a escuchar ni una sola palabra de su conversación. Aquella noche, papá cenó con gran rapidez. Cuando escuché cómo cerraba el grifo tras lavar la cubertería, supe que era mi momento. Empecé una cuenta atrás desde tres. Cuando estaba a punto de enunciar el cero, la puerta entreabierta se desplazó lentamente y tras ella apareció papá que se acercó sin hacer mucho ruido al borde de la cama. Me asomé y vi su gesto cansado y cálido. Tras un suspiro profundo no supe más que decirle: “Papá, tengo miedo, éste mal tiempo no acabará nunca…” a lo que él respondió con una caricia, un silenció tranquilizador y un beso de buenas noches. Por absurdo que parezca, éste método siempre fue el mejor para mi nerviosismo puntual. Tras esto me relajé y escuché atentamente la llegada de mi padre a la habitación. El fino muro que nos separaba ayudó a que escuchase todo lo que allá ocurría, a pesar del estruendo exterior. Recuerdo perfectamente como entró sigiloso y se acurrucó al lado de mamá por si ella dormía, y al ver que no lo hacía, suspiró profundamente y dijo algo así como “Despidieron a otro. Tengo miedo, éste mal tiempo no acabará nunca...” Lo último que pude escuchar fue la caricia y el silencio de mamá. El beso lo sentí también en mi mejilla.

David Rebollo Genestar


miércoles, 14 de julio de 2010

La magia caprichosa del lenguaje puede dar lugar a muy curiosas expresiones incongruentes. Éste hecho reafirma su controversia cuando se enmarca en la pasión más arcaica. Quién no escuchó, leyó o enunció expresiones tales como “están hechos el uno para el otro”.
Supongamos que fue la desatención quién vendó los ojos y oídos de los que jamás avistaron la inadecuación de la expresión, y que ninguno de nosotros renunció al hechizo de entregarse.
Entregarse en cuerpo y alma a la transformación que otra persona pueda provocar en nosotros, y de la misma forma, aceptar con responsabilidad el rol de artesano que se nos otorga al amar, incluyendo la oportunidad de moldear con libertad el espíritu que nos abraza desprotegido.
¿Acaso no es esa la magia de la relación? La capacidad individual de rehacer un todo, de deshacer la nada para convertirla en besos y caricias, de cambiar personas y dejar huellas imborrables en el asfalto de los corazones más urbanos y en la arena de los más desiertos...
Pensar que "estamos hechos” para amar a alguien concreto implicaría aceptar la predestinación, algo imperdonable para un defensor de la libertad en cualquiera de sus grados y orillas.


Ya lo dijo Cortázar en Monmartre;
“No haremos el amor, él nos hará…”


David Rebollo Genestar



lunes, 5 de julio de 2010

Desde pequeño hasta hoy, siempre tuve la costumbre de cerrar los ojos para evadirme. Sin querer darme cuenta llegaba a mundos inimaginables apretando fuertemente mis párpados, lo más fuerte que mi umbral de dolor permitiese. Éste es un secreto que nunca revelé a nadie, excepto a Soto, por puro compromiso de cuentista.

De repente, despertó sin sospechar lo que estaba sucediendo.
Soto tenía la heredada costumbre de demorarse largo rato tumbado en la cama al compás del amanecer. Su ritual consistía en mantener los ojos cerrados durante los instantes posteriores a su despertar. Era su mejor momento del día, pensaba en sus compromisos (si los había) y hacía su propia lista mental de todo lo que pretendía realizar en la jornada que recién empezaba.
Aquella mañana la inició con una sonrisa de oreja a oreja, puesto que volvería a ver a la mujer de pamela roja que había conocido dos noches antes en el Jazz Salon de la zona oeste con Gillespie sonando de fondo. Desconocía su nombre, lo cual sumaba misterio e intriga a una cita que ya de por sí se le antojaba apetecible. No le preocupaban las formalidades. En aquella calma matutina no se preocupaba por el traje que luciría para la ocasión, ni en recursos conversacionales dignos de convención comercial, a los que solía criticar en sus reuniones sociales, siendo éste a la vez, uno de sus recursos conversacionales preferidos.
Toda su atención la centraba pues, la hora y el lugar de su reunión. Los párpados se rozaban cada vez con más ímpetu. Era uno de sus ejercicios predilectos. Finalmente, los apretaba enérgicamente, protegiendo su cuenca ocular cual fortín. Ésta era una manía que conservaba desde crío, y era tal la potencia que aplicaba a su extravagancia que unos extraños puntitos llenos de misterio aparecían en la visión interna de sus córneas, ofreciéndole una danza coreográficamente digna del mejor cabaret de la ciudad. En la pizarra de su visión herméticamente cerrada era capaz de dibujar cualquier figura que se le antojase y allí se consolidaba, se tornaba una realidad innegable a su mente, mucho más cercana que cualquier pensamiento imaginativo. Las primeras veces que lo hizo se sintió confuso al ver que la oscuridad tardaba en desvanecerse tras abrir los ojos. Llegó a pensar que dicho ejercicio realizado de manera prolongada podía causar daños oculares irreversibles, pero tras un tiempo coqueteando con tan macabro pensamiento, decidió entregarse a semejante tarea de libertad artística (como a él le gustaba llamarlo), aunque le costara asimilar la idea de sentirse más libre con los ojos cerrados que abriéndolos de par en par.
Involuntariamente, detuvo su quehacer sensorial para focalizarlo hacia su sistema auditivo. Soto era de respiración silenciosa y lenta, pero una extraña variación acababa de interrumpir su ya detallado ritual. Caviló y dudó durante unos instantes, incluso meditó detener prematuramente búsqueda de paz espiritual diaria. En cualquier caso atribuyó la escucha a un lapsus de su oído y se entregó nuevamente a lo que realmente le interesaba.
Tras diez segundos de intensa presión en los párpados, empezó a reconocer aquellos puntos que tan buenos recuerdos y momentos supieron aportarle. Aquella mañana supo de antemano lo que quería presenciar en su “show” de colores y formas. Empezó imaginando una elegante silla, tallada en ébano de estampa señorial e imponente. Al lado apareció una mesita de noche esculpida en marfil, con cajones revestidos en madera de roble con una luz tenue de esas que tantos inolvidables momentos había bañado de intimidad y confidencia.
Celebró en su imaginar el buen rumbo del que hacía gala su itinerario introspectivo, pero sin aviso ni intención por su parte, la luz tenue se apagó y todo quedó oscuro. Soto se molestó y dispuso a abandonar su rutina, cuando impactantemente, la luz reapareció ofreciendo el triple de claridad que en su anterior aparición. Y adivinen quién presidia la silla; la mujer de pamela roja apareció como aparecen los ángeles, desnuda, sin más abrigo que el de la prenda que la caracterizaba, inocente y desprevenida, con una sonrisa cómplice, el mejor desayuno que Soto hubiese sabido imaginar.
En el preciso instante en que los ojos cerrados del sujeto miraban fijamente las esmeraldas que eran los de la mujer, la luz hizo un fallo repentino que dejó la habitación a oscuras durante unas milésimas de segundo. Cuando por fin pudo observar de nuevo a la mujer, un escalofrío acompañado del sudor más helado recorrió su espalda.
La expresión facial de la mujer se había tornado siniestra, digna de la peor pesadilla inventada por una mente. El miedo se apoderó de Soto, que deseó con todas sus fuerzas regresar a la anterior escenificación que tan buen momento le ofreció y olvidarse del grotesco espectáculo que se mostraba ante él. La mirada profunda y tétrica de la mujer gritaba y gemía como si en su interior engendrase el peor dolor entremezclado con tristeza que una criatura hubiese conocido jamás. El sujeto escuchaba sus gritos que poco a poco se iban transformando en un llanto insufrible y desconsolado. Cuando quiso abrir los ojos, el seguimiento de las acciones se erigió en su contra y lo impidió. La mujer sombría abrió lentamente el cajón de la mesita de marfil e introdujo su mano en él. Cuando la extremidad regresó a la claridad, lo hizo acompañada de una Colt 9mm.
Soto se sentía destrozado. Su aventura había llegado hasta extremos que nunca alcanzó a sospechar. Por primera vez, empezaba a dudar de cuán ficticio era el montaje que, presuntamente, había creado su cerebro. La mujer no articuló palabra alguna, pero el llanto retumbaba cada vez con más potencia en la alcoba. Se podía sentir la vibración en las paredes, las ventanas y sobretodo en la cama, sobre la que Soto se mantenía recostado tras haber elegido un cojín como medio de protección ante los actos ajenos; cojín que le tapaba discontinuamente la visión de la tremebunda imagen presenciada.
Cuando ella empezó a caminar apuntándole entre los ojos sintió náuseas inmensamente puntiagudas en su estómago. Intentó por enésima vez escapar de su guión, sin éxito.
Sus pensamientos se vaciaron por completo, apenas quedaban esperanzas de reconducir la situación. Entre gritos de desconsuelo la mujer llegó a su lado y se acomodó con las piernas por fuera de las del sujeto, presionándolas mientras acariciaba la muerte residente en el gatillo de la pistola. El llanto empapó el pijama de aquel hombre y los gritos perforaron sus tímpanos. En el mar de crueldad de su visión no pudo más que ahogarse cuando cerró fuertemente sus párpados ya cerrados y sintió el leve “click” del gatillo y el cañón retrocediendo.
Todo olía a sangre, tal vez por ello no supo descansar en paz.
Así despertó, sin sospechar lo que estaba sucediendo.



David Rebollo Genestar

sábado, 3 de julio de 2010

Para Ruben, por recordarme la existencia de éste cuentito. 



Escrito el jueves, 17 de septiembre de 2009 a las 5:57 


Cuando quise darme cuenta, ya había escapado del bastión de la indiferencia. Era un día lluvioso y frío. El cielo se teñía gris, y el viento balanceaba las palmeras de los jardines. Avancé corriendo por el largo bulevar del odio y la animadversión, sin querer mirar atrás, temiendo que algo o alguien me persiguiese, notando su presencia, escuchando sus pisadas y oliendo su perfume.

Pronto llegué al final, y pude advertir en lo alto de la colina un refugio. Entré sin cavilaciones. Estaba decorado rústicamente, hacía calor y olía a leña quemada. Allí me encontré decenas de personas que, igual que yo, huían de algo que jamás habían visto. El ambiente era cálido y acogedor, pero daba la sensación de que todos los que coincidíamos en él, jamás tendríamos la oportunidad de conocernos los unos a los otros porque estábamos demasiado ocupados intentando conocernos a nosotros mismos.
En la intranquila calma de aquel silencio, alcé mi voz y propuse - ¿Por qué ser prófugos de algo que nunca hemos visto? ¿Por qué ser tránsfugas del alma y no obedecer los dictados del espíritu? La bohemia que se respira en éste refugio es ilustre, pero, ¿de qué os sirve si no salís ahí fuera a buscar la verdadera inspiración, aquella que sólo se encuentra en la desazón de las heridas y el dolor del abandono?

Antes de poder ver sus caras, ya había cruzado de nuevo la puerta de aquél refugio y me dirigía hacia la tristeza, en busca de la  
inspiración suprema… Días más tarde, llegué al puerto de la felicidad, desde donde podía observar, allá en el horizonte aquella tierra que tanto ansiaba pisar. A las dos regiones las separaba un inmenso y profundo mar de hipocresía. Me detuve por un momento, mientras la brisa acariciaba mi cara y observé mi entorno. Había millones de  corazones a mí alrededor. Algunos, mayoritariamente los jóvenes e inocentes, jugaban en los prados de la felicidad, sin preguntarse por qué estaban allí, ni preocuparse por el tiempo que podrían columpiarse en aquellos parques. Siendo sincero, sentí deseos de volver a ser un corazón joven y encajar sin proponérmelo, pero siendo justo conmigo mismo, suspiré hondamente y seguí observando…

Pude ver corazones turistas que sabían que aquella no era su comarca y que fotografiaban todo aquello que les llamaba la atención antes de abandonarla de nuevo. Me reproché a mi mismo no haberlo hecho cuando tuve la oportunidad y seguí girando la cabeza…
También había corazones extranjeros que después de nacer en tierras lejanas a las de la felicidad, emigraron hasta ella y encontraron un corazón con el que compartir residencia y crear una familia. Porque en aquél mundo de sentimientos y emociones, nadie juzgaba ni sentenciaba a nadie por su etnia, color o procedencia, y ninguna frontera emocional era perpetua para ningún corazón.
Finalmente alcancé a ver algunos corazones, que se asomaban a los acantilados donde rompían las olas de aquél bravo mar de hipocresía, dudosos de saltar a él, manteniendo el engaño a ellos mismos, prefiriendo sonreír por fuera y llorar por dentro, temerosos por dejar en aquellas tierras algunos de sus familiares y amigos.
 
Unos minutos más tarde me acerqué hasta una caseta costera y compré mi billete. Lo pedí únicamente de  ida, porque sabía que no volvería de allí a menos que alguien se tomase la molestia de venir a buscarme.
El precio a pagar era el más caro que puede abonar un corazón que busca su tristeza. Debía vagar durante unos días por aquel mar de hipocresía e intentar no naufragar en él. En el fondo de sus aguas observé corazones ahogados por culpa de sus numerosos viajes a uno y otro lado, o hundidos en la desesperación de no lograr alcanzar la tierra feliz, ya que, curiosamente la corriente de aquel mar siempre empujaba hacia la tristeza.
Y ahí estaba yo, navegando emocionalmente 
contracorriente, viendo como los demás corazones se cruzaban conmigo y me señalaban por haber decidido visitar unas montañas alejadas de las aspiraciones mayoritarias.
Tres noches más tarde llegué de nuevo a tierra firme. El faro iluminaba las turbias aguas que me habían mecido hasta aquella playa. Y allí estaba ella, la  
inspiración suprema, esperándome con los brazos abiertos. No pude evitar abalanzarme sobre ella, abrazándola con todas mis fuerzas, prometiendo, entre sollozos, no abandonarla jamás.

Fue entonces, justo cuando más fuerte la estrechaba y más unidos estábamos, cuando,  
sin decir adiós, se esfumó entre mis brazos y desapareció entre la bruma que difuminaba la luna llena.
Caí de rodillas, empapándome de hipocresía y granitos de arena, y entre lloros, eché la vista atrás y me di cuenta de que aquello que todos los huéspedes del refugio sentían que les perseguía, sólo me perseguía a mí. Era aquella enorme  
inconformidad que me esperaba detrás de cada esquina, la misma que me había instigado a no conformarme con un hogar y un plato en la mesa y que no me dejaba detener mi avance hacia nuevos horizontes.

Tal vez sea hora de cruzar de nuevo éste mar, pero en el lado que me encuentro no venden  
 ticket alguno…
Tendré que aprender a nadar…





Foto de Helena Fort Brugat

lunes, 28 de junio de 2010

Dio tres saltitos y se acercó a una miga de pan. 
Confuso, dudó unos instantes hasta que se decidió a picotearla.
Sus hermanos y amigos aplaudieron la valentía del hecho y para celebrarlo empezaron a silbar al unísono honorando al heroico descubridor. 
Sin embargo, el cemento que les envolvía distorsionó la melodía hasta el desafine.
Sin más, se hizo el silencio y una lágrima barnizó el asfalto.
Qué dura y duradera la vida del exiliado.



jueves, 24 de junio de 2010

Todos los bebés lloran cuando son desterrados de su hogar humano. El final de la vida que conocen les llena de dolor, sin ser conscientes del mágico mundo que nace junto a ellos.
Quiero pensar que es lo mismo. Que mi corazón se detendrá pero los pies de mi espíritu no lo harán. Y así lograré vagar descalzo hasta renacer nuevamente sintiendo el dolor de dejar atrás todo esto, pero con la esperanza de encontrar allá el amor que acá me faltó.
Por ello gasto mi existencia en encontrar, dondequiera que sea, un siamés con el que compartir los gastos emocionales de la soledad del caminante que viaja por las vidas en busca de magia.
Tengo un amuleto.
 

Copyright 2010 El coleccionista de silencios.