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domingo, 22 de julio de 2012

Alejarse de la ciudad acerca el corazón a su dueño;
puede uno hasta escuchar sus latidos sin confundirlos
con gritos o claxons, y es tan dulce esa paz, que a veces 
el alma se sale del cuerpo, para observarse desde arriba.
Después de conocer la vida simple, llena de colores,
es incapaz de alegrarme la idea de volver al cemento gris, 
al tráfico, a los desconocidos que caminan con prisas, a esa
sensación de que en las ciudades nadie quiere conocerse...
Y vivir en la tranquilidad. Nos he visto allí, en ese jardín,
en esa casa de madera. Me he visto escribiéndote mientras
amanece, un poema por cada día que compartamos cama.
Y después acercarme al naranjo, pensando en el desayuno.
Y bailar. Y reír, sobretodo reír. Y anochecer boca arriba.
¡Que hasta he vuelto a ver estrellas! Me hablaron de vos.
Te traje un regalo, espero que te guste. Eran hermosos...




David

sábado, 3 de julio de 2010

Para Ruben, por recordarme la existencia de éste cuentito. 



Escrito el jueves, 17 de septiembre de 2009 a las 5:57 


Cuando quise darme cuenta, ya había escapado del bastión de la indiferencia. Era un día lluvioso y frío. El cielo se teñía gris, y el viento balanceaba las palmeras de los jardines. Avancé corriendo por el largo bulevar del odio y la animadversión, sin querer mirar atrás, temiendo que algo o alguien me persiguiese, notando su presencia, escuchando sus pisadas y oliendo su perfume.

Pronto llegué al final, y pude advertir en lo alto de la colina un refugio. Entré sin cavilaciones. Estaba decorado rústicamente, hacía calor y olía a leña quemada. Allí me encontré decenas de personas que, igual que yo, huían de algo que jamás habían visto. El ambiente era cálido y acogedor, pero daba la sensación de que todos los que coincidíamos en él, jamás tendríamos la oportunidad de conocernos los unos a los otros porque estábamos demasiado ocupados intentando conocernos a nosotros mismos.
En la intranquila calma de aquel silencio, alcé mi voz y propuse - ¿Por qué ser prófugos de algo que nunca hemos visto? ¿Por qué ser tránsfugas del alma y no obedecer los dictados del espíritu? La bohemia que se respira en éste refugio es ilustre, pero, ¿de qué os sirve si no salís ahí fuera a buscar la verdadera inspiración, aquella que sólo se encuentra en la desazón de las heridas y el dolor del abandono?

Antes de poder ver sus caras, ya había cruzado de nuevo la puerta de aquél refugio y me dirigía hacia la tristeza, en busca de la  
inspiración suprema… Días más tarde, llegué al puerto de la felicidad, desde donde podía observar, allá en el horizonte aquella tierra que tanto ansiaba pisar. A las dos regiones las separaba un inmenso y profundo mar de hipocresía. Me detuve por un momento, mientras la brisa acariciaba mi cara y observé mi entorno. Había millones de  corazones a mí alrededor. Algunos, mayoritariamente los jóvenes e inocentes, jugaban en los prados de la felicidad, sin preguntarse por qué estaban allí, ni preocuparse por el tiempo que podrían columpiarse en aquellos parques. Siendo sincero, sentí deseos de volver a ser un corazón joven y encajar sin proponérmelo, pero siendo justo conmigo mismo, suspiré hondamente y seguí observando…

Pude ver corazones turistas que sabían que aquella no era su comarca y que fotografiaban todo aquello que les llamaba la atención antes de abandonarla de nuevo. Me reproché a mi mismo no haberlo hecho cuando tuve la oportunidad y seguí girando la cabeza…
También había corazones extranjeros que después de nacer en tierras lejanas a las de la felicidad, emigraron hasta ella y encontraron un corazón con el que compartir residencia y crear una familia. Porque en aquél mundo de sentimientos y emociones, nadie juzgaba ni sentenciaba a nadie por su etnia, color o procedencia, y ninguna frontera emocional era perpetua para ningún corazón.
Finalmente alcancé a ver algunos corazones, que se asomaban a los acantilados donde rompían las olas de aquél bravo mar de hipocresía, dudosos de saltar a él, manteniendo el engaño a ellos mismos, prefiriendo sonreír por fuera y llorar por dentro, temerosos por dejar en aquellas tierras algunos de sus familiares y amigos.
 
Unos minutos más tarde me acerqué hasta una caseta costera y compré mi billete. Lo pedí únicamente de  ida, porque sabía que no volvería de allí a menos que alguien se tomase la molestia de venir a buscarme.
El precio a pagar era el más caro que puede abonar un corazón que busca su tristeza. Debía vagar durante unos días por aquel mar de hipocresía e intentar no naufragar en él. En el fondo de sus aguas observé corazones ahogados por culpa de sus numerosos viajes a uno y otro lado, o hundidos en la desesperación de no lograr alcanzar la tierra feliz, ya que, curiosamente la corriente de aquel mar siempre empujaba hacia la tristeza.
Y ahí estaba yo, navegando emocionalmente 
contracorriente, viendo como los demás corazones se cruzaban conmigo y me señalaban por haber decidido visitar unas montañas alejadas de las aspiraciones mayoritarias.
Tres noches más tarde llegué de nuevo a tierra firme. El faro iluminaba las turbias aguas que me habían mecido hasta aquella playa. Y allí estaba ella, la  
inspiración suprema, esperándome con los brazos abiertos. No pude evitar abalanzarme sobre ella, abrazándola con todas mis fuerzas, prometiendo, entre sollozos, no abandonarla jamás.

Fue entonces, justo cuando más fuerte la estrechaba y más unidos estábamos, cuando,  
sin decir adiós, se esfumó entre mis brazos y desapareció entre la bruma que difuminaba la luna llena.
Caí de rodillas, empapándome de hipocresía y granitos de arena, y entre lloros, eché la vista atrás y me di cuenta de que aquello que todos los huéspedes del refugio sentían que les perseguía, sólo me perseguía a mí. Era aquella enorme  
inconformidad que me esperaba detrás de cada esquina, la misma que me había instigado a no conformarme con un hogar y un plato en la mesa y que no me dejaba detener mi avance hacia nuevos horizontes.

Tal vez sea hora de cruzar de nuevo éste mar, pero en el lado que me encuentro no venden  
 ticket alguno…
Tendré que aprender a nadar…





Foto de Helena Fort Brugat

lunes, 28 de junio de 2010

Dio tres saltitos y se acercó a una miga de pan. 
Confuso, dudó unos instantes hasta que se decidió a picotearla.
Sus hermanos y amigos aplaudieron la valentía del hecho y para celebrarlo empezaron a silbar al unísono honorando al heroico descubridor. 
Sin embargo, el cemento que les envolvía distorsionó la melodía hasta el desafine.
Sin más, se hizo el silencio y una lágrima barnizó el asfalto.
Qué dura y duradera la vida del exiliado.



sábado, 19 de junio de 2010

"Para Laura, quién más difusión otorgó a ésta prosa"



Cada día, despego mis párpados por primera vez y lloro, con o sin lágrimas.
La luz me deslumbra, y me levanto de la cama abandonando mi posición fetal.
Cada mañana gateo hasta que aprendo a caminar, me dirijo a la ducha y a la nevera,
a lavar mis manos, mi cara y mi espíritu, a masticar los alimentos y los problemas.

Cada día tengo que aprender a sonreír. Renazco inocente, así que durante el día debo aprender a tratar a la gente como alguien que perdió su inocencia, tengo que esforzarme en perder mi imaginación y mi ilusión por cada nuevo descubrimiento, intento disimular mis sueños imposibles, mis pataletas infantiles y mi amor unidireccional.

Tal vez por ello sufro tanto. No pretendo que me entiendan, pero me sentiría mejor si supiese quién renace de la misma forma que yo, o por lo menos, supiese de dónde renazco...
Me resulta demasiado paradójico el hecho de nacer sólo y ser consciente de ello.

Posiblemente preferiría no saber que mañana renaceré de nuevo, porque renacer cada día, implica morir cada noche, y así estoy, escribiéndote éste epitafio mientras muero una noche más, esperando que algún día quieras renacer a mi lado.


Mañana será otro
día.


Mañana será otra
vida.




Por David Rebollo
El Lunes, 14 de septiembre de 2009


"El hombre de Vitruvio" de Leonardo da Vinci

miércoles, 16 de junio de 2010


-¿Me estás mirando los pechos?- gritó indignada, tapándose apresuradamente su sugerente y llamativo escote. Pero a veces la mentira requiere demasiado esfuerzo.

Así es la vida, una sucesión de serpientes y manzanas.




(Absurdas leyes que en ningún caso protegen al ciudadano, frutos del marketing y el business. Hoy por hoy, sabemos que la manzana está envenenada, hemos aprendido a oler el peligro y el dolor. La libertad de escribirlo, es la prohibición de probarla. La libertad no es una estatua en Manhattan. Es una manzana en el edén.)

martes, 8 de junio de 2010


El cromatismo volvió a cambiar.
Su mirada era marítima. Ofrecía aquella sensación de profundidad que sólo ofrecen infinitos azules y transparentes como el cielo acariciando el horizonte o las lágrimas llenando un vaso.

De entre la arena que abrigaba el fondo de aquel océano brotaron profusas algas, alimentadas por una tristeza fortuita e infundada.
El verde autótrofo de los organismos, comenzó a rodear a la piedra negra que regía la hondura inconcebible de sus aguas. El nuevo matiz abrazó con tal esmero a aquel ónix solitario que la misantropía engendrada en su porte cristalino se evaporó adyacente a los afluentes que fueron sus lloros, los cuales, algunos minutos antes, habían fundado un valle paradisíaco en sus mejillas incólumes.
Todavía llovía cuando salió el sol en su iris. Y todo esto sin dejar de nadar en ella.

La enamorada de Baudelaire


 

Copyright 2010 El coleccionista de silencios.