Hace cuatro años, nací frente a los escalones de una iglesia. Los luceros salpicaban la bóveda que cubre el orbe en la tardía negrura. Yo me recuerdo, y es extraño... La única experiencia semejante es la de despertar de un sueño apareciendo en otro, pudiendo evocar en él el anterior. El letargo de conciencia se desvaneció frente al detalle y me descubrí sentado ante la mujer. Ella no era mi madre, sino la vida que estaba acogiendo, el propio regalo. Como todo nacimiento, no prestaba opción; me eligió y nació junto a mí. Recuerdo estar contemplando las piedras al fondo. Eran cuatro, nunca lo olvidaré. Tres de ellas resultaban ordenadas en una perfecta armonía vertical, y la última las protegía de las corrientes del verde mar. ¡SALTÉ! No hubieron dudas, no existía el temor, yo no lo conocía. Salté con las manos abiertas y estiré los brazos todo lo que pude. Me empapé. Me empapé el alma, los labios, las mejillas, los desiertos. Me mojé los huesos y las tripas. Mi vida me fue entregada con la primera gota que me abrazó la carne. Allí donde acababa de nacer no existía la gravedad, si yo les digo que empecé a caer en picado no me imaginen en este mundo, en el hogar de las piedras no había arriba ni abajo. Una vez recibida la existencia, el misterio que custodian se conoce como el primer enigma del hombre. Algunos creen que cuando acaricie la arena del fondo y las tenga en la mano, despertaré del sueño y moriré. Yo más bien pienso que ellas son mi utopía, mi razón última. En todo caso, si las alcanzara y muriese, dejaría de ser, y por tanto no podría probar haberlas rescatado. La constelación de las piedras nos desvela la solución. La mirada, aquella mirada, resulta ser infinita, también cuando duerme.
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lunes, 16 de diciembre de 2013
lunes, 25 de noviembre de 2013
En la noche de negros aullidos me desvelas, desordenándome el cajón.
Yo te persigo por toda la casa. Estás desnuda, haciendo temblar la escalera.
De repente dejas de huir.
Me miras de frente.
Te acercas.
Me acerco.
Acabas de salir corriendo por la puerta de madera camino al patio. Necesitas que te acompañe pero no sabes pedírmelo. Esto me lo conozco. Puede que esté soñando, decido no despertar. Me asomo tras la puerta y espero sentado contemplando nuestro jardín. Ahora me doy cuenta... Has elegido el jardín porque entre tantas flores, en él no te distingo. Sonrío. No te encuentro, pero sé que me estás mirando. Cuando me canse de buscarte volverás caminando sigilosamente tras mi espalda. Antes de que te descubra, cubrirás mis ojos con tus manos y sin que pueda siquiera besarte el brazo, me harás la eterna pregunta. -¿Quién soy?-
Tras lo cual permaneceré callado.
¡NO! Espera, lo tengo. ¡Lo tengo, al fin lo sé!
Sos el misterio que resuelve la primavera.
miércoles, 16 de octubre de 2013
Heredé de mi padre un silencio
que hablaba, de cuerpo presente,
sobre el amor y sus ventanales.
El primero en abrirse, contaba,
lo embiste una rosada ventisca,
que en su cromatismo arrastra
el aroma que el otro nos ofrece.
Aroma que puede a su antojo
apuntarnos el alma con el dedo
y hacernos de la misma carne
que una nube, que un pájaro.
Y es el perfume de quien hemos amado,
aunque a veces diluido a recuerdo
en el agua ajena que es un charco propio,
el puente intacto al bombardeo del olvido,
que mientras nos enfría el pecho,
justifica nuestra revolución
contra las corrientes razonables,
que nos tratan de afluente
y quieren conocernos,
al fin desconocidos,
y cerrarnos la boca del estómago
y la de los besos,
encenizándonos los labios y la voluntad.
Y cuando dentro de unos años la acaricie ya dormida
y me baje de la cama y le escriba este poema,
y se me empape alguna que otra entraña
intentándomela arrancar de la piel,
me dejaré llover entero.
Y como las flores después de la lluvia,
cuando las gotas bailan en sus panzas
precipitándose al filo del pétalo,
la fragancia será en mí lo que yo he sido en vos.
Sonríe al mundo mujer,
que con una miga de tu amor
erradicabas el hambre de toda la humanidad.
martes, 30 de julio de 2013
Alguien la está soñando, desarraigándola de algún presente. Ella comprende y desafina su caos, lo cual la convierte en el cosmos; y viaja si la nombran...
Hay quien piensa que Andrómeda es un ejército. Dicen haberla visto simultáneamente en tres amaneceres distintos. Y si bien es plausible la infinidad de los ocasos, no así la de sus apariciones, pues no es su nombre sino el propio infinito. En su pestañeo se esconden las eternidades y olvidos, los colores que no existen. Los humanos están equivocados, todavía no la conocen.
Pero la aman. La aman enloquecidamente, dejándose rebosar los corazones en el presagio de su fantasía. La rutina de su nado les empuja a confundir los lagos y las bahías, y a todo extirpa sus dimensiones, lo retorna tintado de un colmado nihilismo, hueco de tiempo y espacio. Proyecta el camino en la medida que lo constituye y nunca acepta un consejo. Andrómeda es la madre. Un compendio de todas las mujeres que volaron en la tierra. Y esta es la crónica del hombre que intentó besarla en nombre y boca de Adán, y resultó fundido en su rechazo, deshelado gota a grano. Pues su amor ingrávido no nos pertenecía. Y qué poesía ajusticiada la nuestra: Andrómeda también tenía su Andrómeda.
De todos los planetas que desconocía se fue a enamorar de Saturno.
¡Qué hermosa y terrible paradoja, querido lector!
David Rebollo
sábado, 13 de julio de 2013
Camina un hombre hacia el umbral. De este lado, el terreno es llano y profundo y la única dimensión existente obliga a ceñir el régimen de distancias a un plano estrictamente temporal; su posibilidad no franquea la quietud. La culpa y el remordimiento pueden deambular en su interior, pero el paisaje no se acuerda de su nombre. Las olas le persiguen cada huella (ninguna permanecerá tras cruzar la última puerta), y la mar, de inocencia calculada, le abraza algunos pasos, volviéndolos ebrios en su contradicción. Una tierra condenada al olvido edificada en cada nostalgia, néctar de los poetas, ruina en perspectiva inversa. Sigue paseando en lo que cree la infinidad, incapaz de intervenir. En el horizonte vislumbra la entrada al laberinto. Agota sus cenizas alfombrándose la arena y al fin se postra ante la única boca del muro. En el vértice conoce al pájaro. Su voz le venía susurrando algunos recuerdos atrás resultándole inevitable y seductora, y ahora, cautivado por sus alas, es incapaz de volverse a contemplar el fuego en declive. De la misma forma, su hermano volátil no contempla pisar las nubes que llueven sobre el hombre que observa. Sabe que en ese rincón de la existencia el cielo no trasciende, lo proyecta el caminante, que accede a cruzar al siguiente estado metafísico.
Tras entornar la verja cobriza, el hombre se mira las manos. Las recubre un óxido de olor penetrante. Esta vez, avanza entre jardines de cuatro dimensiones. Ha entrado con la intención de perderse y el pájaro lo sabe. En el siguiente segundo lo vuelve cómplice. Ya no le guía la sonoridad, anda dando tumbos. Ha sido engendrado para el acertijo, no para su resolución. Las decisiones son arbitrarias: el misterio le resuelve a él. Es algo que no comprenderá hasta posarse ante el último portal, reluciente esta vez, barnizado de una inmaculada condición. Al escuchar de nuevo al animal, ya viejo y frágil, le evoca una reminiscencia limítrofe al tedio. Resuelve que un pájaro es incapaz de entristecerse, pero en su canto sabe evocar la tristeza. Descubre que el infinito sólo contempla el bosque de cada bifurcación; las elecciones jamás elegidas. Se revela como el hombre que ha sido todos los hombres y mujeres, erigiéndose síntesis atómica de la propia existencia sin recordar el final del sueño. Sabe que cruzó porque alcanzó a verse desde el otro lado, cosiéndole a la puerta un candado que jamás le sería arrancado.
David Rebollo
jueves, 16 de mayo de 2013
Descendía calle abajo cabizbaja y pensativa, obcecada tal vez en las baldosas empapadas, viendo desaparecer las gotas al pavimento, disgregadas en su justicia de anonimato. Se venía cruzando con algunos fantasmas de palabras mudas, pensando si sería hoy el día de su fortuna, el fin o el comienzo de una nueva lejanía. Imaginaba la Calle Mayor vuelta río y entretanto, sentía convertirse en parte y todo del mismo, arrastrada en la corriente de los días que no prometían algo mejor que una desembocadura anestesiada a unos peces enhuesados, insaciables y triperos. No le era permitido el más mínimo malgaste de tristura, y el clima se había vuelto contrario a sus necesidades. Después de una semana de nubes ancladas y lluvias negras, nada hablaba del augurio que la convertiría para siempre en Diosa griega, conducida por el descubrimiento de su terriblemente mágico destino, escondido dentro de un charco, donde nadie lo buscaría. Resultaba ser que la dirección de pensamiento que ejercía era la equivocada. Tan convencida de ser el efecto de una causa se vio reflejada, e inexplicablemente alcanzó en clarividencia que las cosechas, los bosques y por ende una humanidad vuelta minucia ante la trascendencia del tiempo y el temporal, resultaban ser sus ahijadas, subordinadas a sus estados de ánimo. En el aguazal no se distinguía su cara del cielo. Haciendo un repaso a su vida, todo concordaba. Los días, los meses, las épocas de lluvia… el cielo lloraba con ella, había llorado a su lado, la acompañaba. Si su espíritu bailaba, no lograba arrancarse el sol de encima. Era dueña de las emociones, dueña de su felicidad. Si esta noche se le escapa un sonrisa de boca para adentro, pronto será testigo el mundo del acontecimiento más poético y existencialista de cuantos se pueden nombrar: los días de lluvia soleada, o de sol lluvioso, cuyo símbolo resulta ser el arcoíris, que al fin y al cabo, no es más que la paleta en la que su alma elige, cada día de la semana, el color con el que nos enamorará.
domingo, 14 de abril de 2013
"Se acabó Carlota. Y es tan corto como duro de escribir. Pero es así, no doy para más.
Perdóname por haberte traído hasta aquí. Perdóname por haberte elegido como mi única salvación y esperanza. No puedo seguir viendo como la ilusión se deshilacha un poquito más cada día, tengo que romperla antes que soportar su agonía, que supongo, es la misma que la tuya. El querer y no poder. El poder de no querer. Llegado a este punto, no puedo pretender dejar de amarte de la noche a la mañana, pero sí ayudarte en la complicada tentativa de desgastar mi recuerdo. Por eso me estoy marchando poco a poco, por eso, lentamente, voy desapareciendo de todos los lugares en los que me venías buscando. Me lo has enseñado todo; la felicidad, el amor, el dolor, la amistad, los celos, el sexo, la belleza más pura, el rencor, el feliz recuerdo y el olvido, en carnes propias y ajenas. He procurado ahogar en mí todas las sensaciones negativas y ahora, tan adentro como las he empujado, no tengo energía para estirar el brazo y restaurarlas. Tampoco tiene sentido, ni lo mereces después de todo este tiempo. Es demasiado tarde. Yo lo he elegido. Sólo Yo. Siempre que me has negado tu cercanía he agachado la cabeza y coleccionado un silencio, sabedor de que no iba a rendirme ni a dejar que te salvaras. Simplemente callaba y sonreía porque sabía que el tiempo me daría la razón. En parte lo ha hecho alguna vez durante este año, pero no ha sido suficiente. Por mí le daría una vida entera de tiempo al tiempo, pero me la está acortando a velocidad de vértigo. Me estoy haciendo daño. Y no es algo de lo que deba nadie sentir lástima. No te estoy culpando. Es una llama que se va apagando y quema, pero uno se aferra tanto a lo poco que ha conocido y amado, que todo lo demás, aún siendo seguro y tranquilo, le resulta insuficiente. Pensándolo así, nadie puede albergar culpa en ello. Y menos vos, estáte tranquila. No he venido a recordarte las cosas que hiciste mal, porque ya te las perdoné, porque ya no sé cuáles son, porque sé que las buenas las triplicaron, y porque las he repartido todas a un cincuenta por ciento, así podemos estar en paz, siempre que tú sepas hacer lo mismo con las mías.
Así que el olvido no lo debiéramos ambicionar, hay mucho que recordar y por lo que sonreír. Tampoco te pediré el rechazo ni la renuncia, porque aunque a ti te haya dado miedo y yo no haya querido entenderlo, es algo ya supuesto, aún sin ser total. Sé que te esfuerzas en convencerte de que la custodia de mis labios te la confiscaste vos misma al negarme la de los tuyos. Pero seguimos siendo un poco el uno del otro. Sé que quieres amarme pero no ahora ni en esta ciudad. Lo sé todo, sé que es sin mala fe, sé que eres una persona de buenas intenciones conmigo. Me has regalado un amor. Un amor de los de verdad. El primero. Un amor por el que morir y por el que matar. Era lo que siempre deseé vivir y tú lo volviste realidad, lo perfumaste de magia. Ahora podría morir tranquilo. Es algo que siempre recordaremos como positivo: la oportunidad que nos dimos, el laberinto que creamos y en el que nos perdimos, pero siempre de la mano y con orgullo. Durante este triste año, hay dos palabras que nos han llenado la boca, y que nos hemos repetido hasta la saciedad: gracias y perdón. Pues bien, las gracias (aún sabiendo que padezco esta reiteración en un escrito tras otro) te las doy una vez más. Has grabado tu nombre a fuego en mi pecho, y sólo atesoro los buenos momentos (abundantes e inolvidables). El perdón te lo otorgo por completo en cualquier aspecto del que se te ocurra culparte (que no debiera ser ninguno). Por mi parte, me perdono a mí mismo (no sin antes haberme hecho mil juicios) y doy por pagadas todas mis deudas con la incalculable sanción de tu lejanía. Por último te pido perdón a ti, terminando esta carta como he empezado a redactarla. Perdón por mi incapacidad de renunciarte y de convencerte. Perdón por haberte hecho sentir sola. Perdón por querer existir en tus mundos paralelos. Perdón por cada reproche y por cada silencio. Perdón por haber pulsado el botón que me impide saber de vos (es lo justo si no te dejo saber de mí). Perdón por haberte escrito este testamento interminable. Perdón por no haberlo escrito antes. Y sobretodo, te pido perdón por quedarme en tu recuerdo, sin saber cómo ni con qué pretexto. Sé que sabrás perdonarme. Si no vos, la personalidad a la que me referí al principio. Es necesario que nos perdonemos para poder ser felices, y no importa que lo hagamos mil veces y reincidamos en las disculpas a cada momento.
Seguimos el camino que nos dictó la película. Vivimos el amor poético y sufriremos la cercana lontananza cuando el avión cruce el Atlántico. La segunda parte ya la improvisaremos. Le cambiaremos el final. De momento somos invencibles, juntos o alejados. Todo esto no son más que palabras. Algún día les encontrarás el sentido a todas y cada una, te lo aseguro. Es disparatado pero creo que le estoy escribiendo a tu Yo de aquí a diez años. Tal vez, en los tiempos venideros se te asigne este rol mío en alguna relación. No es más complicado que el tuyo, desde luego, así que no debes preocuparte por ello. Creo que lo importante a hacer en estos casos es ofrecer a la otra persona (vos en este caso) la confianza y la certeza de que se la deja en total y absoluta libertad. LIBRE. Si no se hace así es muy complicado que esa persona no acumule algo de culpa propia y la transforme en rencor ajeno. Ahora ya no hay nada que perder, está toda nuestra ciudad por reconstruir. No viertas más lágrimas en este pozo, no te ahogues. Escapa volando. Vuelve con los pájaros, que son tus hermanos, y no pienses más en estos versos. Ni en los de ayer. Sé libre porque libre te quiero. Libre y feliz. No importa lo lejos que te sienta mientras sepa de tu felicidad. Sólo procura dejar de pensarme. Si me nombran, no les escuches. No soy ese del que hablan. No vuelvas a los lugares en los que fuimos felices sin mí, porque se vuelven fríos y vacíos cuando el otro falta. Y sobretodo sonríe y no olvides jamás la estima que te tengo. Quédate en el cielo, no bajes más aquí. No entres a releer, no alimentes los dolores.
Ahora recuerdo aquella frase que me escribiste el último Agosto. Te la voy a usar ligeramente modificada para poder contarte algo: “Siempre fuiste capaz de todo, incluso de dejar que me rindiera”. De lo primero estoy seguro. De la segunda parte, no estoy en absoluto convencido. Allá donde vaya dejaré un rastro de migas. Serán sólo migas, ni súplica ni obligación. El día que me necesites, para lo que fuere, tendrás mi brazo tendido, mis ojos y hasta un riñón. Lo que precises. Porque después de todo yo te llevé a la Luna, pero tú me has regalado el Sol."
domingo, 24 de marzo de 2013
Porque vivo en un lugar en el que nunca estuve,
donde soy lumbre y frío,
desierto y río,
más suyo que mío.
La quería como Alejandra, adicta de inseguridad,
por las veces que me amaba
y las que celebraba
que la odiara por piedad.
Al final ganó la euforia, el nunca ante el mañana,
no me llama si respondo,
no me busca, no me escondo,
no vuela tras mi ventana.
viernes, 18 de enero de 2013
Y aunque persigamos la utopía, todos los caminos conducen a la duda. Las rutas que trazamos siempre resultan retorcidas y abocadas al dolor, y aunque creyera haberle dado fin bajo un manto de esperanza deshilachado, temo recobrar el sendero de la desdicha. No fuere por vos, que te mostrás precavida y pausada, sino por mis horizontes, mucho mayores que las jaulitas en las que nos encerramos. ¿Será que me perdiste la llave? No sabría romperla a golpes. No podría gritarte un suspiro, porque yo lo elegí. De la misma forma, no hace voces mi tristeza, ya que la he moldeado débil a mis propios ojos. Una mirada dirigida a la cúpula, ¿de qué lado caerá la esfera? Pudiera caer en la luz de que nuestros ritmos se sincronizaran al fin, tan descompasados que han sido, y los detalles que intento regalarte no cayeran río abajo empujados por la rutina que te cierne, que es opaca como la mía, aunque no tan pobre y reflexiva.
¿Y si todo problema fuera ese? Pensar demasiado es mi perdición. Me conduce a la ansiedad. Y ahora que vuelvo a pensar en vos, se me construye una sombra sin andamios y así andamos... debo poner fin a mis pretensiones. No son justas con vos ni con tu ilusión de contemplar otros mundos o constelaciones. Yo sólo soy un joven de paupérrima proyección empresarial, me hallo entregado al desapego y la desidia, y de vos sin embargo, todavía atesoro algo propio. No sé qué recuerdo guardas de ello, si lo conservas o lo empeñaste por un futuro algo más digno. Juzgaría como positivo cualquiera de tus actos, aunque muchas veces juegue en mi contra en los pleitos internos en los que nos cito.
Sé que mis actos sólo abarcan la posibilidad. Soy algo así como una propuesta hecha carne. Las decisiones le atañen a tus propósitos. Tampoco es justo para nadie, pero no sabría pronunciarle un adiós a tus piernas, que parecen ser ahora mis únicas infiltradas. Adversos tus ojos, que no me buscan si hay más ojos mirando, y lo encuentro aterrador y comprensible, y aunque tus risas ya no elijan mis palabras sino otras para mostrarse al mundo, carajo, sé que por dentro te gustaría ser capaz de ello.
¿Qué debiéramos hacer entonces? ¿Aceptar nuestro mal como necesario o maquillarlo de una agonía innecesaria? Ojalá comprendieras que escribo lejos del convencimiento, y que todo lo que grito persigue que me encuentres de entre la perdición. Aún ante mi imperiosa necesidad de sobrevolar el futuro, sé que permaneces inmóvil por indecisión, y no es tu responsabilidad, pues debí haber tomado una determinación al respecto hace demasiado tiempo. Persigo el reencontrarme contigo, sé que poco a poco lo estamos consiguiendo. También deseo, como ha sido habitual, que cuando nos reencontremos conservemos aquello que nos gustaba del otro. Yo sé que esas virtudes que te encandilaban se han vuelto tenues. Sólo en la distancia hemos sabido apreciar el vacío que el uno dejó en el otro. Y no es que el que se cernió sobre mí fuera más grande, sino que yo he sido incapaz de rellenarlo, porque le tengo reservada demasiada felicidad al amor, a un amor idealizado, y ese es otro de mis funestos errores.
Y parece haberse tornado costumbre que cuando entro acá, a dejarte una miga de pecho, esto se convierte en una oda al ataque propio o un desfile de mis defectos. No es tan así como se plantea, mas creo que los juicios deben ser propios antes que compartidos, y de la misma forma, en mayor o menor medida, sé que vos también sos esclava de tus exámenes de conciencia.
Me alegra que de nuevo luches por comprenderme y ayudarme, y que eso me ayude a hacer lo propio en tu travesía, y deseo, igual que tu, que nuestros vuelos no se resuman a simples paseos. Me gustaría construirte un castillo de oxígeno en algún archipiélago de nubes blanquecinas, pero si nos encuentra la lluvia no temas, yo pongo el paraguas para que pises mis charcos. Sé que nos libraremos de esta carga y escribiremos felices capítulos. Me enamora que hayas sabido acordarte de mí y regalarme un corazón que suena a armónica y una noche a tu lado. Y sobretodo, me enamoran tus palabras, por pocas que sean, porque las hago mías y las intuyo rebosantes de una sinceridad sensualmente comedida.
Del camino y sus bifurcaciones.
En el mar nos reencontramos.
viernes, 16 de noviembre de 2012
La noche nos sorprendió en la cima. Ya habíamos acampado.
Apagamos la luz, huyendo del frío, y las estrellas se nos aparecieron
danzantes y alegres. El silencio barnizó la jungla, nacieron los susurros.
De la nada apareció un tucán en el cielo, cayendo en picado.
Lo último que oímos fue su grito libertario. Después ya no estábamos allí.
lunes, 5 de noviembre de 2012
martes, 16 de octubre de 2012
Hace tiempo tuve un corazón cobarde que sólo latía ante las virtudes. Caminaba en busca de cumplidos sinceros y promesas de esperanza.
Sin embargo todo cambió la primera vez que me enamoré de un defecto.
Sucedió de repente, sin esperarlo. De una persona que no cosechaba demasiados (al menos no tantos como yo), encontré uno y me casé con él. Todavía somos felices juntos. Además, desde entonces no me conmueve ninguna virtud ni belleza que no esconda algo de debilidad, de silencio y confusión. El amor debe residir en el ideal desgastado del recuerdo deshilachado de alguna carencia. Y todo lo que dancemos será alrededor.
Por eso no quiero que me nombren, ¡porque yo no soy mi nombre judío!
Jamás hablen de mí. No existo cuando no estoy presente, así que no estarán hablando más que de un nombre que no elegí y de unos actos que no me representan en absoluto. Yo tan solo soy mis silencios, las cosas que nunca haré. No se dejen impresionar por mis mediocridades virtuosas.
Nunca he existido en ninguna de las conversas en las que se me ha citado,
ni en los recuerdos que les quedan de mí. Mi esencia es la contradicción.
Por eso retiro lo dicho y lo reitero hasta quedarme afónico. Y si algún día deciden enamorarse de algo que me pertenezca, que sea de alguno de mis defectos. Del resto de mí no soy yo el dueño, sino la mujer que amo, o en todo caso su genial defecto, que hace a los míos escribirle agradeciendo todo lo que siempre hizo por mí. Sin embargo, pronto sucederá algo que cambiará para siempre nuestras absurdas y maravillosas vidas. Adiós, Carlota.
Sin embargo todo cambió la primera vez que me enamoré de un defecto.
Sucedió de repente, sin esperarlo. De una persona que no cosechaba demasiados (al menos no tantos como yo), encontré uno y me casé con él. Todavía somos felices juntos. Además, desde entonces no me conmueve ninguna virtud ni belleza que no esconda algo de debilidad, de silencio y confusión. El amor debe residir en el ideal desgastado del recuerdo deshilachado de alguna carencia. Y todo lo que dancemos será alrededor.
Por eso no quiero que me nombren, ¡porque yo no soy mi nombre judío!
Jamás hablen de mí. No existo cuando no estoy presente, así que no estarán hablando más que de un nombre que no elegí y de unos actos que no me representan en absoluto. Yo tan solo soy mis silencios, las cosas que nunca haré. No se dejen impresionar por mis mediocridades virtuosas.
Nunca he existido en ninguna de las conversas en las que se me ha citado,
ni en los recuerdos que les quedan de mí. Mi esencia es la contradicción.
Por eso retiro lo dicho y lo reitero hasta quedarme afónico. Y si algún día deciden enamorarse de algo que me pertenezca, que sea de alguno de mis defectos. Del resto de mí no soy yo el dueño, sino la mujer que amo, o en todo caso su genial defecto, que hace a los míos escribirle agradeciendo todo lo que siempre hizo por mí. Sin embargo, pronto sucederá algo que cambiará para siempre nuestras absurdas y maravillosas vidas. Adiós, Carlota.
viernes, 12 de octubre de 2012
Cuando lo leí fue realmente devastador. No sé cómo llegué hasta allí ni con qué intención habían esas palabras llamado al timbre de mis ojos. De hecho, me hubiese gustado verme la cara de pánfilo iluso que suelo proyectar en estas situaciones.
Sin embargo era lógico, y las palabras, aún siendo no más que eso, no dejaban lugar a duda; ella ya amaba a otra persona, así lo mostraban, y a estas alturas ¿quién va a disputar un corazón que ya siente como propio? También entregaría el mío si pudiese.
Sin embargo era lógico, y las palabras, aún siendo no más que eso, no dejaban lugar a duda; ella ya amaba a otra persona, así lo mostraban, y a estas alturas ¿quién va a disputar un corazón que ya siente como propio? También entregaría el mío si pudiese.
martes, 2 de octubre de 2012
Yo tengo un amigo, como tenía Julio un hermano en los montes nocturnos.
Yo tengo un amigo que es la fuerza hecha bondad. Que no sabe rendirse.
Ayer le vi llorar por primera vez, y sus lágrimas fueron las mías también.
De todo haremos hambre compañero. Que los amaneceres nos vistan de espejo.
En mi mano hay un camino. Haga usted de caminante, pues no todo está perdido.
Yo tengo un amigo que es la fuerza hecha bondad. Que no sabe rendirse.
Ayer le vi llorar por primera vez, y sus lágrimas fueron las mías también.
De todo haremos hambre compañero. Que los amaneceres nos vistan de espejo.
En mi mano hay un camino. Haga usted de caminante, pues no todo está perdido.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Hace tres años me pidió que dejara de quererla. Quizás por miedo, quizás porque no podía querer a otra persona sabiendo que yo la seguía esperando. Hace tres años me vi perdido y sombrío. Me vi mis lágrimas, después de mucho tiempo sin recordar su sabor. Y me vi famélico, dispuesto a morir por mi causa, que no era más que una consecuencia. La de ser consecuente con el deseo que me asolaba, con la desolación que sentí la única vez que, inesperadamente, la vi abrazar con su mano a otra mano que no era la mía, y con la sorpresa al descubrir que todo aquello no era suficiente para rendirme. Nunca tuve fuerzas para hacerlo. Simplemente no las tuve, aunque aquel fuera el otoño de mi vida, donde se me cayeron todas las hojas y perdí el aroma que tanto me gustaba compartir. Me fui acercando al precipicio, y muchas noches pensé: "hoy salto", y sin embargo, cuando quería dar el último paso no podía más que avanzar la mitad de la distancia que me separaba del abismo. Había algo allí que me lo impedía, y así nunca pude entregarme al olvido.
Y en el peor momento, cuando todo parecía perdido, volvió a aparecer.
Esta vez tal y como la recordaba. Ya no me hablaba de desamor, sino que sus ojos tenían sed y buscaban a los míos. ¡A los míos! ¿Te das cuenta?
Y dos semanas después llegó la noche más feliz de mi vida.
Nunca he sabido escribir sobre aquello. Todavía no he encontrado las palabras que le hagan justicia a tal derroche de alegría. Fue la noche que volé por primera vez, improvisando. Y sin darnos cuenta llamó a su ventana el amanecer, y nació a la vez un nuevo día, un nuevo mes, un nuevo año, un nuevo lustro, una nueva década y una nueva primavera al sur de mi alma. Allí donde todo parecía yermo empezó a brotar la ilusión. Y me devolvió en un instante todo lo que se había llevado, que no era más que un corazón torpe y extraño, pero al fin y al cabo era el mío. Lo pienso ahora y me tiemblan los huesos. Me hubiese quedado a vivir en aquella cama de colcha infantil, que aunque los pies al final de mis piernas encogidas tocaran su armario, era para mí una luna entera por recorrer. Después seguí improvisando. Todo era nuevo para mí. Ella me iba guiando con su relativa experiencia, y yo iba pisando con cautela cada nuevo día a su lado, por el miedo a que descubriese que no tenía la más remota idea de cómo conseguir que sintiese lo mucho que la amaba.
Y el miedo me traicionó.
La segunda vez que me pidió que dejara de quererla me enfadé mucho. No tanto por ella, sino por haberme precipitado yo mismo a la misma situación de nuevo. Por haberla obligado a decir basta, después de saber con absoluta certeza que ella era la que vuela y que la iba a querer hasta que me muriese. No cabían más culpas en mis manos y todos los tangos parecían escritos para mí. Me supliqué a mi mismo dejar de perseguirla e irme lejos, para que pudiese vivir en paz y recuperar el tiempo que le había robado. Me posé otra vez frente al acantilado, pero hasta en aquella soledad llegó su ayuda. Cuando rompí a llorar delante de mi familia comprendí que me guiaba aún en su ausencia. Me ayudó a liberarme, a poder decirle a mis padres que, igual que a ella, no tenía ni idea de quererles, pero que les quería. Que no tenía ni idea de hacia dónde encaminar mi vida, pero que soy una buena persona. Que necesitaba que me perdonaran. Y me maravilló. Tuve que volver aunque precipitadamente a contarle que la vida sin ella no tenía sentido. Y caí de golpe en todos los tópicos que siempre me habían parecido irreales. Y le encontré el verdadero sentido a todos los poemas que hablaban de amor y distancia. Y me volví a enamorar de Benedetti. Y la vi a ella escondida en su corazón coraza y se lo quise arrancar precipitadamente, ahora que sabía ser yo mismo y me sentía capaz de hacerla feliz de nuevo. Volvimos a volar juntos, sin embargo, arrastrábamos demasiado peso, y esta vez fue la prisa mi error.
La última vez que me pidió que dejara de quererla yo sabía perfectamente que no iba a ser capaz. Pero esta vez no me entregué a mis viejos errores.
Dejé de cargar mis enfados, culpas y auto-compasiones. Alguien me dijo que el amor que sentía por ella era surrealista, demasiado loco y novelesco, demasiado intenso. Lejos de entenderlo como un atenuante a mi actitud, lo acepté como la razón por la que soy lo que soy. Y me liberé completamente. Sin enfados, sin reproches ni malos recuerdos. Aprendí a no necesitarlos.
Dejé de necesitar que me recordase lo importante que era para ella. En su ausencia me hizo estar orgulloso de ser quien soy. Algo de lo que ni yo mismo supe convencerme nunca. Me recordó que soy un soñador y que no sé rendirme. Que en el fondo sólo soy un niño que quiere jugar a su lado, aunque a veces me disfrace de poeta para aclarar mis pensamientos. De sus silencios absorbo más energía que de todas las palabras que hay en los libros de mi estantería. Es algo que nadie ajeno al sentimiento puede comprender. Perdí el miedo, aprendí a bancarme el amor y me abracé a la esperanza de saber que aunque frágilmente, algunas noches todavía remaba hacia mi recuerdo, y me encontraba en algún que otro sueño. Y aunque doloroso, fue un otoño feliz esta vez. Hace diez días volví a hablar con ella. Con ella de verdad. Y ya no me hablaba de dolor, sino de recuerdos felices. No necesito más que eso.
No necesito que me reserve su cama. No necesito arrastrarla a mi lado.
Puedo seguir queriéndola sin tenerla. Puedo verla sin abrir los ojos.
No necesito que me reserve su cama. No necesito arrastrarla a mi lado.
Puedo seguir queriéndola sin tenerla. Puedo verla sin abrir los ojos.
Hemos volado juntos. ¿Qué más se puede pedir?
domingo, 16 de septiembre de 2012
"Les Tournesols" es posiblemente el café más concurrido de París. Por sus mesas se van sucediendo burócratas, pintores y poetas, bailando un vals de prisas, risas y musas. Poco antes de las ocho entra una hilera de niños a comprar su desayuno. Se posan impacientes con sus uniformes marrones y sus macutos de piel desgastada. Del otro lado, Clémentine va envolviendo los croissants y brioches y se los va entregando en mano con suma delicadeza. Poco después repican las campanas de Notre Damme, los pequeños cruzan La rue de les fleurs y se acercan al "Lycée Victor Marie Hugo".
A todo esto, el astronauta reposa pensativo en una de las mesas del café, apoyado en la ventana, observándoles entrar en el colegio entre gritos y empujones mientras remueve la cucharilla del café.
Ya poca gente recuerda su auténtico nombre, y no importa. Es conocido por su costumbre de sentarse siempre en la misma mesa a la misma hora, sacar su libreta estampada, su pluma negra y pasar los minutos contemplando la vida del café. Al entrar y dejar el abrigo, Clémentine le saluda y sirve el desayuno del día. Le resulta un tipo misterioso, con su mirada intrigante y su mente volátil, siempre ocupada en poesías y cuentos. Sabe de él que está escribiendo un libro de relatos. A veces le resulta hipnótico, allí concentrado, haciendo danzar la pluma por los papeles desordenados que va esparciendo entre las tazas y los platos. Lleva dos meses leyendo su libreta de reojo cuando limpia las mesas cercanas a la suya. Le gustaría ayudarle, pero no se atreve a hablarle más allá de las formalidades por miedo a molestarle. Lo último que sabe es que escribe acerca de una mujer que acude al café cada mañana. Mientras pasa el trapo por el mostrador, le ve a lo lejos sonriente, mirando a través del cristal, cautivado por la joven sentada del otro lado, en una de las mesas de la terraza. Clémentine se pregunta qué habrá visto el astronauta en aquella mujer. ¿Por qué ella? con toda la gente extravagante que frecuenta "Les Tournesols"... Lo que Clémentine posiblemente desconoce es que si la viera con sus ojos se enamoraría de ella. Más allá de su pelo brillante hay algo que no alcanza a descubrir. Analiza su rutina, cuestionándose qué habrá de poético en todo ello, y le sirve el café como ella se lo pide. Debe ser la única chica en todo París que toma el café en vaso y no en taza. El astronauta la observa abriendo los dos sobrecitos de azúcar y vertiéndolos con paciencia. Después, hace circular suavemente la cuchara por los bordes del vaso con un ritmo tranquilo. Al terminar, da un pequeño sorbo y busca un cigarrillo en su bolso. Cuando lo encuentra, lo coloca entre sus labios y lo prende mientras lo cubre con sus manos. Una vez ha soltado el humo, baja el cigarrillo hasta la altura de su cintura y lo sigue quemando, aunque ya esté encendido. Clémentine puede ver al astronauta absorbido por sus movimientos, e imagina qué extraña historia estará creando a su alrededor. De repente ya se han ido. De la mesa del astronauta recoge las migas de la medialuna y la taza. Después, se acerca a la mesa de la joven, la recoge también y acerca la bandeja hasta el mostrador. Cuando la deja, descubre algo atrapado entre el vaso y el plato de porcelana de la mujer misteriosa. Son los sobrecitos de azúcar, introducidos uno dentro del otro con esmero y elegancia. Fascinada, se los guarda en el bolsillo y sigue atendiendo a los clientes, desconocedora de ser el hilo conductor de la historia más importante del astronauta. La historia de su luna. De su lunar.
Anclado a la mesa en la que le escribió esta canción:
jueves, 16 de agosto de 2012
Yo no quiero un olvido aliviador, ni una flor sin espinas.
Yo quiero pincharme, beberme la sangre y saberme vivo.
Yo no quiero manjares ni la cena del día anterior.
Yo quiero ser el último postre de nuestra última cena.
Que me inspires sin saberlo. Y expirarte lentamente,
acariciándome los labios con tu miel cobriza.
Y después, convertirme en primavera.
David
miércoles, 8 de agosto de 2012
martes, 7 de agosto de 2012
Primero te pediría que vinieras a pasar una última noche conmigo.
A volar por última vez. A soñar nuestro último despertar.
Después te advertiría de que carezco de valor para olvidarte.
De que todavía recuerdo el olor de tu perfume y el perfume de tu voz.
Por último te suplicaría con todas mis fuerzas que no vinieras,
que me abandonases para siempre en algún desván de tus olvidos,
porque en el caso de que decidieras volver a volar conmigo,
una vez estuviéramos allí arriba, tendría que secuestrarte y
construirte un palacio de nubes del que no quisieras regresar jamás.
David Rebollo
viernes, 3 de agosto de 2012
¿Sabe la vida que es vida?
¿Sabe la muerte de olvido?
Que sólo sabe encontrarme
cuando no duermo contigo.
¿O acaso soy yo la luna
de ocaso, del sol que sos?
ignorando si mi brillo,
es más mío o más de vos.
Será que ya no te busco
porque sin querer te encuentro
allá dónde van mis ojos
mar afuera, pecho adentro.
Y se hace la primavera
con tres pétalos y un río,
un río por la deriva,
tres pétalos por el frío.
David Rebollo
Aunque siempre fue tuya, acá te dejo la mía, coleccionista:
¿Sabe la muerte de olvido?
Que sólo sabe encontrarme
cuando no duermo contigo.
¿O acaso soy yo la luna
de ocaso, del sol que sos?
ignorando si mi brillo,
es más mío o más de vos.
Será que ya no te busco
porque sin querer te encuentro
allá dónde van mis ojos
mar afuera, pecho adentro.
Y se hace la primavera
con tres pétalos y un río,
un río por la deriva,
tres pétalos por el frío.
David Rebollo
Aunque siempre fue tuya, acá te dejo la mía, coleccionista:
jueves, 26 de julio de 2012
S'ha fet fosc a la ciutat. Aviat s'obriran noves clarianes per aquells que les demanin. Per la meva part, mai estic prou segur de que ja es de dia fins que em parlen els ocells. El dia que es tornin muts, em quedaré al llit, cobert de llençols, esperant a que cantin. Per sort, són puntuals i m'aixequen el somriure mentre baixo del llit que tinc als núvols. I ja me'ls quedo a dins meu. Cau l'aigua a les meves parpelles, que són els seus nius, i es queden a dins esperant que acabi de rajar l'aixeta. Un cop he acabat, recullo la roba i la tovallola, i començo a pujar les escales que em porten cap al safareig. Llavors deixo la roba dins i camino cap a l'estenedor tot recorrent la terrassa. I sempre em sorprenc quan els ocellets em criden l'atenció perquè m'he quedat quiet sense motiu aparent. Aleshores me n'adono de que porto una bona estona mirant el principi del teu carrer, esperant sense voler-ho, que apareguis allà i vulguis creuar la teva mirada amb la meva. Somrient, penjo la tovallola i baixo les escales navegant a la deriva, com els nostres eterns dies.
David.
martes, 24 de julio de 2012
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| ERNEST DESCALS - PINTOR |
Probablemente, pertenezco a la última generación que conoció los mercados. Los mercados de plaza, de villa. Los mercados de colores y voces adultas. Conocí los mercados desde abajo, alzando los talones para poder ver el mostrador. Conocí los mercados de pasillos oscuros, de cochecitos de bebé. Conocí los mercados de vecinos, de probar la fruta antes de comprarla, de regalar aceitunas a los que éramos niños. Será cruel el lenguaje que regala homónimos injustos, que abraza al eufemismo. Hace tiempo que el mercado es lucro de pocos y castigo de muchos. Hace años que ya no es un edificio, sino una invisibilidad que nos rige. Una mano que seduce a políticos y banqueros, y que ahoga a las famílias de humilde corazón. Es poco más que un monumento al éxito, un Dios sin moral ni espiritualidad que igual de escondido que las divinidades, nos contagia su condición invisible, nos vuelve mudos sin decir y nos encuentra sin buscar. Y parece quedar poca gente que no viva para ganar, para alcanzar éxito. Parece que no hayamos venido a vivir la vida, sino a vencerla. ¿Pero quién la vive cuando vive para vencerla? Siempre he pensado que la vida se nos ofrece para pasearla, no para correrla. Y eso no excluye la satisfacción humana, que se alimenta de utopías, no de triunfos y laureles. Me gustaría ser el primer hombre en hacerle una oda al fracaso. Al fracaso que tan injustamente se nos ha asignado como una derrota vital. Y volver a jugar por jugar, no para pisotear ni señalar al mediocre. Me gustaría crear un mundo de mediocres orgullosos, en el que se prohíba la entrada a los mediocres que lo disimulan reprimiendo, a los mediocres que sólo conocen la generosidad en la medida que regalan miedo al resto de mediocres. A los mediocres de corbata, de clase y frontera. Y no es el padecer del síndrome de la Edad de oro, sino la convicción de que los misiles caen desde el cielo, pero nacen en la tierra y en la mezquindad de los hombres, que cotiza al alza en esos mercados, avalistas del dolor, de las guerras y de la injusticia social. Esos mercados repletos de vaciedades, de números verdes y rojos, de primas, de deudas y de egoístas. Esos mercados de campana de Wall Street, de infamias de seis horas y media, cinco días a la semana. Y yo soy un mediocre indignado, pero no un mediocre indigno hasta de tal adjetivo.
domingo, 22 de julio de 2012
Alejarse de la ciudad acerca el corazón a su dueño;
puede uno hasta escuchar sus latidos sin confundirlos
con gritos o claxons, y es tan dulce esa paz, que a veces
el alma se sale del cuerpo, para observarse desde arriba.
Después de conocer la vida simple, llena de colores,
es incapaz de alegrarme la idea de volver al cemento gris,
al tráfico, a los desconocidos que caminan con prisas, a esa
sensación de que en las ciudades nadie quiere conocerse...
Y vivir en la tranquilidad. Nos he visto allí, en ese jardín,
en esa casa de madera. Me he visto escribiéndote mientras
amanece, un poema por cada día que compartamos cama.
Y después acercarme al naranjo, pensando en el desayuno.
Y bailar. Y reír, sobretodo reír. Y anochecer boca arriba.
¡Que hasta he vuelto a ver estrellas! Me hablaron de vos.
Te traje un regalo, espero que te guste. Eran hermosos...
David
puede uno hasta escuchar sus latidos sin confundirlos
con gritos o claxons, y es tan dulce esa paz, que a veces
el alma se sale del cuerpo, para observarse desde arriba.
Después de conocer la vida simple, llena de colores,
es incapaz de alegrarme la idea de volver al cemento gris,
al tráfico, a los desconocidos que caminan con prisas, a esa
sensación de que en las ciudades nadie quiere conocerse...
Y vivir en la tranquilidad. Nos he visto allí, en ese jardín,
en esa casa de madera. Me he visto escribiéndote mientras
amanece, un poema por cada día que compartamos cama.
Y después acercarme al naranjo, pensando en el desayuno.
Y bailar. Y reír, sobretodo reír. Y anochecer boca arriba.
¡Que hasta he vuelto a ver estrellas! Me hablaron de vos.
Te traje un regalo, espero que te guste. Eran hermosos...
David
lunes, 16 de julio de 2012
Son las 5 y 11 de la mañana. Acaba de ocurrirme algo muy extraño.
Me he despertado de golpe, con un texto en la cabeza. Es el texto más
hermoso que jamás he podido imaginar. Es muy breve. No creo que
pueda escribirlo bien, porque estoy medio dormido, pero la hermosura
del texto estaba en su esencia. Lo bien que lo redacte será lo de menos.
El texto trata sobre los infinitos y sobre las eternidades:
El amor no es para siempre, porque no es constante.
El desamor no es para siempre, porque no te olvido.
Lo eterno de verdad es el reto que nos lleva de uno al otro.
Ese reto me cabe en una mano. Fíjate bien:
No es sólo un ocho tumbado. Son dos gotas que se besan.
Cada uno de nosotros es una de esas dos gotas.
Y esas gotas son Flores de Bach cuando el reto es amor,
y son dos lágrimas cuando el reto es desencuentro.
Esas dos gotas están en un océano. Enorme y profundo.
Las gotas fluyen y se confunden entre la multitud de gotas.
Y aunque todas las gotas parecen iguales dentro de ese océano,
estas dos gotas siempre se reconocen en cuanto se ven.
Y cuando sale la luna y nada alumbra el fondo oceánico,
las dos gotas se iluminan de golpe, y se quedan a solas.
Y entonces se besan, porque saben que juntas son infinito.
Y el reto se cumple porque no tiene fin. Porque no empieza
en el amor, ni acaba en el olvido como el resto de retos.
El reto se cumple porque cualquiera de esas dos gotas, sin
pedir nada a cambio, deja que la otra se la beba si tiene sed.
Y así renacen una en la otra, una y otra vez...
Debo volver a la cama, son las 5.43 y mañana madrugo.
Nos vemos pronto gota. Búscame cuando me necesites.
Me he despertado de golpe, con un texto en la cabeza. Es el texto más
hermoso que jamás he podido imaginar. Es muy breve. No creo que
pueda escribirlo bien, porque estoy medio dormido, pero la hermosura
del texto estaba en su esencia. Lo bien que lo redacte será lo de menos.
El texto trata sobre los infinitos y sobre las eternidades:
El amor no es para siempre, porque no es constante.
El desamor no es para siempre, porque no te olvido.
Lo eterno de verdad es el reto que nos lleva de uno al otro.
Ese reto me cabe en una mano. Fíjate bien:
No es sólo un ocho tumbado. Son dos gotas que se besan.
Cada uno de nosotros es una de esas dos gotas.
Y esas gotas son Flores de Bach cuando el reto es amor,
y son dos lágrimas cuando el reto es desencuentro.
Esas dos gotas están en un océano. Enorme y profundo.
Las gotas fluyen y se confunden entre la multitud de gotas.
Y aunque todas las gotas parecen iguales dentro de ese océano,
estas dos gotas siempre se reconocen en cuanto se ven.
Y cuando sale la luna y nada alumbra el fondo oceánico,
las dos gotas se iluminan de golpe, y se quedan a solas.
Y entonces se besan, porque saben que juntas son infinito.
Y el reto se cumple porque no tiene fin. Porque no empieza
en el amor, ni acaba en el olvido como el resto de retos.
El reto se cumple porque cualquiera de esas dos gotas, sin
pedir nada a cambio, deja que la otra se la beba si tiene sed.
Y así renacen una en la otra, una y otra vez...
Debo volver a la cama, son las 5.43 y mañana madrugo.
Nos vemos pronto gota. Búscame cuando me necesites.
lunes, 9 de julio de 2012
- Te juro que fue como la primera vez que la vi. Ella estaba allí, aún más hermosa de lo que la recordaba, como un ángel, posada tranquilamente, con esa mirada profunda donde podrían nadar diez infinitos sin rozarse, y yo... bueno, yo estaba allí también, con unos nervios que no te podés imaginar. ¿Sabés esa presión en el pecho de alegría indomable?
- Me imagino. ¿De verdad no notaste ninguna diferencia respecto a esa primera vez?
- Bueno, sólo una supongo...
- ¿Cuál?
- Cuando la vi por primera vez no sabía por qué me gustaba, y ahora que la conocía y me conocía en ella, entendí perfectamente la razón por la que habita tan lejos de mi olvido.
- ¿Y cómo reaccionó?
- Siempre me recibe con una sonrisa. Hasta las veces que no había razones para ello, dibujábamos una en el otro en cuanto nos mirábamos. Es un reflejo. Ya sé que no tiene lógica, pero es inevitable. Hay que vivirlo para entenderlo.
- ¿Y eso te asusta?
- ¿El qué?
- No poder dejar de sonreírle.
- ¿A quién puede asustarle eso? Podría asustarme pensar que algún día dejara de ocurrirnos, pero es algo químico supongo. Vos sabés más que yo de esas cosas.
- Algo leí en la facultad, pero nunca me ocurrió.
- ¿Y cómo se puede vivir con esa tranquilidad?
- ¿Y cómo se puede morir tan dulcemente? ¿Nada te da miedo?
- No sé explicarte. Uno siente miedo cuando piensa que puede perder algo que ama. Lo extraño de todo esto es que muchas veces sentí que la reencontraba, pero jamás que la perdía. Ella durmió conmigo todo este tiempo, y yo no dejé de soñarla.
- ¿Y si no tenés miedo, qué viniste a contarme?
- No vine a contarte nada.
- ¿Entonces?
- Sólo quería preguntarte si vos creés que se puede escribir el futuro.
David Rebollo
miércoles, 13 de junio de 2012
Eres estúpido. Eso es lo primordial.
Tienes buen corazón, pero no es eso lo que los demás ven en ti.
Al principio ven a un tipo raro. Encuentran misterio en tu rareza.
Eso es bueno. Pero cuando dejas de ser silencio todo se complica.
Eres una contradicción. Por eso no confías en ti mismo.
No sabes valorar lo que tienes, eres consciente de ello y aún así
cuando lo pierdes te odias. Y entonces, tan contradictorio como
eres, hay días que sientes que eres el culpable de todo lo que te
está ocurriendo, y otros en los que lo aceptas como inevitable.
No sabes darte a conocer, y de hecho no te importa. No te gusta
que sepan cómo eres de verdad porque te infravaloras y piensas
que a nadie puede gustarle tu extraña manera de ver las cosas.
Sabes perfectamente que todo lo que ha pasado con el tiempo
terminará por arreglarse, pero aún así, cuando lo piensas, te
angustia saber que no depende de ti. Piensas demasiado.
Tonto de ti, pensabas que eras inteligente. Tuvo que venir ella
para hacerte ver que la persona inteligente es la que sabe
hacerse feliz. Y sin embargo, ahora que sabes que eres
absurdamente ignorante, te gustas más. Hasta eso debes
agradecerle. Eso lo haces bien. Siempre le has agradecido
lo mucho que te ha regalado, aunque a veces de una forma
difusa, y otras exagerada, lo cual ha dado pie a que te piensen
como una apariencia, pero de eso no debes preocuparte.
Eres un soñador. Has intentado hacer soñar a gente de la que
sólo has arrancado bostezos. Pero también has conseguido
volar. Y hacer volar. Nunca pensaste que podrías hacer feliz a
alguien, hasta que un día cualquiera, sin más, ocurrió.
Eres frágil, te aferras al afecto que te ofrecen. Te enamoras de
ideales y recuerdos, y cuando desaparecen, sin quererlo,
parece que hagas cualquier cosa para evitarlo, y que todo
sean planes y estrategias. Eso es lo que proyectas en los demás.
Por ello has hecho sentir culpable a quien no lo merecía, y sé
que lo has lamentado profundamente. Porque rechazas el
egoísmo, pero a veces el amor te ciega, y parece que todo tenga
que ocurrir cómo y cuando tú quieras que ocurra. Y entonces
entras en una espiral de actos irracionales, que sólo hacen que
desconcertar a quien los presencia, y ya no te ven como siempre
has sido, sino la imagen que esa fragilidad proyecta en ti.
No sabes estar solo. Aún así, cuando estás con alguien, parece
que te guste evadirte y empezar a navegar por tu mente. Eres
una especie de adicto a una soledad que odias profundamente.
Te gusta el dolor, porque te inspira, y eso te hace sentir vivo.
Te crees un poeta. Piensas que con palabras puedes conseguir
lo que te propongas, pero sueles defraudar con tus hechos.
Haces que esperen de ti más de lo que puedes ofrecerles.
Sé que eso te hace sentir un incapaz, pero debes saberlo.
Siempre has sido muy soberbio, y me alegra que hayas
aprendido a corregirlo. Dale las gracias a ella, una vez más.
Te crees un revolucionario, pero te pasas el día sentado
delante de una pantalla que está haciendo de ti un esclavo.
Quieres cambiar el mundo pero te acuestas cuando amanece
y no sueles tener ni la decencia de comer con tu familia.
Convives con tres personas que te desconocen por completo.
Sabes que te aman con todo su corazón, pero no eres capaz
de devolverles ni la mitad de lo mucho que te ofrecen.
Te sientes argentino, pero no te gustan las patrias.
Defraudas a tus padres continuamente, y ellos todavía hacen
ver que tienen algún tipo de esperanza en ti.
No tienes ni la más remota idea de lo que vas a hacer con tu
vida. No te gusta pensar en eso. Tu futuro son quince minutos.
Sin embargo, empiezas a imaginar que acabarás preso de una
horrible rutina. Por favor, no permitas que eso ocurra.
Sabes que eres diferente. Demasiado diferente. Sabes que
con tu edad, nadie hace estas cosas. Ves cómo los demás
dedican su tiempo en abstraerse de todo lo que les pueda
preocupar. Te gustaría ser así, y sin embargo tú te sumerges
en tus problemas, porque necesitas sentir que eres capaz
de resolverlos. Y parece que no aceptes ayudas de nadie.
Que sea un rompecabezas eterno que tú mismo te has asignado.
Eres bondad pura, pero en el afán de demostrarlo, te equivocas.
Te queda el consuelo de ser una persona única. Mediocre tal
vez, pero única al fin y al cabo. Eso te ayudará y complicará
la vida a partes iguales. Dejaste de conmoverte, pero te estás
reencontrando poco a poco. No nos abandones nunca por favor.
Yo te necesito. Necesito que vuelvas a creer en ti para existir.
Sé que gastas tiempo mirando fotografías de tu infancia y
añorándote, pero conservas el mismo ceño fruncido y la misma
manera de ver el mundo. Sabes que sigues siendo aquel niño.
Y también sé que te duele leerme y escribirte, pero como
dice papá, este es tu don, y tienes la suerte de haber nacido
con uno. Muy poca gente puede sentir lo que tú sientes.
Ahora que te estremece leerte o escucharte, y hasta lloras
al hacerlo, eres pura pasión y sentimiento. Y lo echarás de
menos cuando no ocurra, míralo así. Y mañana cuando te
despiertes nada será diferente. Ellos no te conocerán más,
ella no te llamará, y tú no te sentirás más dueño de tu futuro.
Pero todo eso ocurrirá. Ocurrirá cuando menos te lo esperes.
Todo está en tus manos David. Puedes confiar en mí.
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