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viernes, 21 de mayo de 2010

Aparentemente, Roman y ella sólo compartían el trayecto. Después de sumarse al colectivo en Artigas, Roman empezaba a despertar. Cuatro minutos más tarde, ella se incorporaba al camino en La Paternal, siempre con aquella modosidad, aquel frágil trenzar de sus pies cuando subía los tres peldaños que conducían a un conductor. Roman le observaba desde la primera hilera, suspenso ante la elegancia que desprendía la mujer cuando cometía el ritual ineludible de contar con estoicismo los pesitos de su faltriquera. Después reseguía con esmero el rastro de olores y colores que evocaba su falda, creando un caminito de misterio hasta el último asiento del vehículo, tras lo cual, permanecía rígido con la mirada al frente, observando con desidia los semáforos y las esquinas. Jamás pensó en darse la vuelta; saber que estaban navegando juntos por aquel mar de cemento era suficiente recompensa para él. Ella bajaba antes, tal vez en Malaver o en San Andrés. El caso es que cuando Roman encontraba su destino en Villa Ballester, ella ya no estaba allí. Y así pasó la vida, y los desconocidos se conocieron en las rutinas. Nadie sabía nada y nadie preguntaba. Hasta el momento la imaginación les había brindado las respuestas que necesitaban.

Después de sentir su ausencia durante siete jornadas, Roman se preguntó la razón. Lo curioso es que ésta vez su imaginación se silenció y permaneció callada, forzada a no responder algo hiriente para su benefactor, convencido de que los autos de hoy en día se estropean con facilidad.

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