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lunes, 28 de junio de 2010

Dio tres saltitos y se acercó a una miga de pan. 
Confuso, dudó unos instantes hasta que se decidió a picotearla.
Sus hermanos y amigos aplaudieron la valentía del hecho y para celebrarlo empezaron a silbar al unísono honorando al heroico descubridor. 
Sin embargo, el cemento que les envolvía distorsionó la melodía hasta el desafine.
Sin más, se hizo el silencio y una lágrima barnizó el asfalto.
Qué dura y duradera la vida del exiliado.



jueves, 24 de junio de 2010

Todos los bebés lloran cuando son desterrados de su hogar humano. El final de la vida que conocen les llena de dolor, sin ser conscientes del mágico mundo que nace junto a ellos.
Quiero pensar que es lo mismo. Que mi corazón se detendrá pero los pies de mi espíritu no lo harán. Y así lograré vagar descalzo hasta renacer nuevamente sintiendo el dolor de dejar atrás todo esto, pero con la esperanza de encontrar allá el amor que acá me faltó.
Por ello gasto mi existencia en encontrar, dondequiera que sea, un siamés con el que compartir los gastos emocionales de la soledad del caminante que viaja por las vidas en busca de magia.
Tengo un amuleto.

domingo, 20 de junio de 2010

Para Joan y Adriana, quienes más supieron valorar éste escrito...


Dicen que el hombre solitario sabe escuchar el silencio. Sabe entenderlo y responderle. Es su himno. Dicen que dicha persona sólo puede pertenecer a su soledad. Conoce su patria, su lugar en el mundo. Su frontera no es una verja. Su frontera son las personas… es él mismo.

Nadie supo explicarme si la soledad es una elección. Ni tampoco convencerme de que es algo predestinado. Con el tiempo he deducido que el ser solitario está atrapado en un espiral eterno. Rehúye de una soledad que añora. El grado de misantropía que acumula lo mide el deseo que le empuja a rechazar una supuesta dependencia ajena. Pero ésto es lo de siempre… Intentar escapar de una dependencia implica entregarse a otra. El rol solitario es un rol bohemio y filmográfico. Es un rol cómodo e incluso interesante, misterioso. Cuando personas carentes de empatía intentan comprender al solitario, resulta el rechazo, la burla o la justificación típica del inefable incomprendido y loco rechazado por la justa sociedad.

Creo creer que hay varios tipos de soledad. Principalmente, la común y la crónica. La soledad común fue repartida por todo el mundo, a todos los estamentos, nadie se salva. Es la soledad fruto de los sentimientos y de las emociones. Es una soledad cutánea y empírica. Pero cuando se convierte en algo irreversible, cuando se cae en las agridulces garras de la necesidad, entonces se comprende que nada podrá curar los síntomas de tal patología.
La interpretación es un buen antibiótico. Desde que tuve uso de razón hasta hoy, tuve tiempo de darme cuenta de que este lugar está plagado de actores; actores que estrenan sus obras cada mañana y aún así nunca bajan el telón. Malos histriones, y lo que es peor, pésimos guionistas.
Soy de la opinión de que cuando mejor puede hacer su trabajo un actor es cuando nadie sabe que está trabajando. Todo lo demás son farsas pactadas entre público y comediante. Yo nací con la capacidad de abstracción bastante desarrollada. Sé entender a las personas, por mucho que me cueste analizarlas. De la misma forma, sé reconocer al bufón, al intérprete, aunque no use tal capacidad para ajusticiarles o para intentar convertir sus vidas en algo más que un guión. No me creo en el derecho de llevar a cabo tan contundentes acciones. Son gente fácil.
Pero el solitario es la viva paradoja de la complicación que encierra la simpleza más banal. Nadie es capaz de fingir la soledad. Nadie puede actuar la soledad para él mismo y olvidar que escenifica una mentira. Esa es la magia de esto; no existe el autoengaño. El ser solitario sabe que lo es, y el ser dubitativo es subliminalmente consciente de que no alcanzó el grado de misticismo necesario para entregarse a la nada, al vacío que deja la compañía de la sombra.

Puede parecer una elección difícil, pero lo más probable es que no sea una elección. A nadie debería preocuparle la soledad, porque es algo que no se puede ver, oler o degustar. No se puede buscar, ni escapar de su encuentro.
Aunque eso sí, se puede escuchar…

La respuesta está en el silencio.


Por David Rebollo
21 de Diciembre de 2009

Film "The Silence" 1963


sábado, 19 de junio de 2010

"Para Laura, quién más difusión otorgó a ésta prosa"



Cada día, despego mis párpados por primera vez y lloro, con o sin lágrimas.
La luz me deslumbra, y me levanto de la cama abandonando mi posición fetal.
Cada mañana gateo hasta que aprendo a caminar, me dirijo a la ducha y a la nevera,
a lavar mis manos, mi cara y mi espíritu, a masticar los alimentos y los problemas.

Cada día tengo que aprender a sonreír. Renazco inocente, así que durante el día debo aprender a tratar a la gente como alguien que perdió su inocencia, tengo que esforzarme en perder mi imaginación y mi ilusión por cada nuevo descubrimiento, intento disimular mis sueños imposibles, mis pataletas infantiles y mi amor unidireccional.

Tal vez por ello sufro tanto. No pretendo que me entiendan, pero me sentiría mejor si supiese quién renace de la misma forma que yo, o por lo menos, supiese de dónde renazco...
Me resulta demasiado paradójico el hecho de nacer sólo y ser consciente de ello.

Posiblemente preferiría no saber que mañana renaceré de nuevo, porque renacer cada día, implica morir cada noche, y así estoy, escribiéndote éste epitafio mientras muero una noche más, esperando que algún día quieras renacer a mi lado.


Mañana será otro
día.


Mañana será otra
vida.




Por David Rebollo
El Lunes, 14 de septiembre de 2009


"El hombre de Vitruvio" de Leonardo da Vinci

miércoles, 16 de junio de 2010


-¿Me estás mirando los pechos?- gritó indignada, tapándose apresuradamente su sugerente y llamativo escote. Pero a veces la mentira requiere demasiado esfuerzo.

Así es la vida, una sucesión de serpientes y manzanas.




(Absurdas leyes que en ningún caso protegen al ciudadano, frutos del marketing y el business. Hoy por hoy, sabemos que la manzana está envenenada, hemos aprendido a oler el peligro y el dolor. La libertad de escribirlo, es la prohibición de probarla. La libertad no es una estatua en Manhattan. Es una manzana en el edén.)

lunes, 14 de junio de 2010

Ni amigos, ni amores, ni familia.
La fidelidad se encuentra en el vacío.
Soledad me espera.



Todas las criaturas de éste mundo mueren solas
"Abuela muerte; Donnie Darko"

sábado, 12 de junio de 2010


Son labios melancólicos oliendo frutas prohibidas,
o añoranzas de un recién nacido.
Fosa común de soñadores. Horizonte incoloro.
Cohete subterráneo huyendo del inframundo.
Minos en un laberinto de paredes acolchadas.
Genios leyendo una sopa de letras.
Caminantes amnésicos en rutas inolvidables.
Café en vaso, con dos de azúcar. Lectura.
Extranjeros sin patria. Wolfang Amadeus.





Suena una nota, suena una gota; una palabra, un grito, un murmullo. ¿Cuánto hará que no existe el silencio? Y no hablo del silencio tenso de una discusión, o del silencio circunstancial de una sala de espera, no. Hablo de un silencio absoluto, un silencio etéreo, omnipotente.
Nadie supo describirlo aún, nadie lo oyó y volvió para explicárnoslo.
Vaya donde vaya, escucho mis latidos.
Escucho la sangre bombeada, el estómago gruñendo, las obras en mi mente.
Llegué gritando de dolor y me iré de la misma forma, pero los ilusorios silencios intermedios son los que más me ensordecen.
Hasta en el folio en blanco escucho una voz que susurra.

viernes, 11 de junio de 2010


Se trataba de un hombre anormal y una mujer poco corriente. Ambos sabían que sólo les separaba una puerta. Cuando sus orejas rozaban la madera eran capaces de oír con claridad la respiración ajena y así se conocían, pero el misterioso clausurar de la puerta impedía la escucha de gritos, golpes o susurros. Sin embargo, se les podía definir como la prosopopeya del miedo. El tiempo pasaba y ninguno se decidía a dar el paso. Temían llegar pronto a la vida del ser adyacente, y con ello deshacer todas las esperanzas que la tediosa espera estaba suscitando. ¿Cuánto podían llevar ahí? Una semana era ridículamente escasa; un mes era demasiado poco; un año era mucho arriesgar; una década no aseguraba nada. Y así pasó el tiempo (por lo menos en su espíritu) hasta que un amago de impaciencia hizo mella en aquel hombre alto.

Antes de decidirse, meditó concienzudamente las desventajas del riesgo que asumiría. Creyó barajar todas las hipótesis posibles antes de cometer tal atrevimiento. Tanto cavilar en una posible repercusión negativa le hizo dudar del grado de corrección de su tentativa, pero las noches sin escuchar el gritar silencioso de la respiración femenina en la habitación contigua le hacían presagiar que no podía perder más tiempo. De esta forma su brazo empezó a temblar, y su mente a saturarse: ¿Y si después de tanto tiempo, la puerta estaba cerrada?, ¿Y si en la habitación de la mujer había dos puertas y algún apuesto poeta había abierto la alternativa? ¿Y si la mujer no fuera quién él esperaba o él no lo fuese para ella? Estaba tan desorientado que llegó a pensar en la remota posibilidad de que ella no existiese realmente. Que la alcoba contigua fuese una dimensión paralela, algo parecido a un espejo sensorial. Antes de que en su cabeza resonase el quinto “y si…” su mano ya había rodeado el pomo caoba. Empezó a girarlo más rápido de lo hubiese querido, demasiado rápido, como las agujas de un reloj de arena.

Cuando el cierre hermético se deshizo, un olor putrefacto irrumpió en la escena. El nerviosismo se transformo en pavor, pero no pudo evitar saciar su apetito curioso. Lentamente el constante crujir de la puerta puso banda sonora involuntaria a aquel tétrico suceso. El lugar se mostraba vacío pero una pestilencia insufrible se erigía desde debajo de una cama lúgubre. El hombre se agachó con el alma temblando y sus ojos visionaron algo inimaginable, y consecuentemente, muy difícil de describir. Era un fotograma imposible, como si se tratase del descubrimiento de un color hasta ahora desconocido… Pues bien, el color era lóbrego: un cadáver con un escaso pelo rubio extremadamente seco se mostraba descompuesto en posición fetal y con una expresión facial de pánico inmenso. Sus uñas presionaban sus pies, como los de un niño con miedo a la oscuridad en una noche de tormenta. El estómago del hombre no fue capaz de digerir aquella sensación. Fue entonces cuando se giró hacia la puerta mirando a sus pies y el suelo se empezó a llenar de bilis. Cuando después de un largo rato, sintió aliviado su ahogo físico, pensó en hacer lo más lógico: volver a su habitación, cerrar la puerta y no volver jamás a ese infierno de sensaciones.

Instantáneamente levantó la cabeza y miró hacia la puerta. Lo que en ella observó le congeló el corazón. No existía pomo en aquel lado. Las paredes no eran más que rejas. Había sido el carcelero de aquel cadáver durante tantísimo tiempo que, sin saberlo, lo había condenado a la peor de las muertes, la soledad perpetua. Su corazón latía a ritmo frenético. Se apresuró en cerrar la puerta, e intentando relajarse se tumbó encima de la cama y miró hacia la puerta. La contradicción existencial le aseguró haber elegido la estancia acertada. Ahora creía estar a salvo y se sentía seguro, aún sabiendo que había un cadáver descompuesto en su misma posición debajo de él. Su ahogo espiritual acababa de empezar.
Yermo.

jueves, 10 de junio de 2010


"Redacté ésta metamorfosis textual con el convencimiento subjetivo de que el hombre es por norma, mucho más monstruoso que el insecto, y de que ninguna cucaracha querría despertar convertida en ser humano."

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso humano. Estaba tumbado sobre su espalda fláccida, sustentada por un puntal vertebrado y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre llano, rosáceo, unificado, en el cuál se distinguía una especie de cráter anatómico circular y poco profundo a la altura abdominal. Sus escasas piernas, ridículamente grandes en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.

Cada noche concilio el sueño temeroso de despertar transformado en tan horrible criatura. Los cánones ya no son lo que eran, eso desde luego.



Totalmente recomendable "La metamorfosis" de Franz Kafka
Puedes leerla en:


miércoles, 9 de junio de 2010


Ninguna de las presentes sintió compasión por la muerte de su compañera.
El sentimiento de empatía les abordaba con tal voracidad que fueron incapaces de apiadarse por tan desalmado suceder. En aquel preciso momento, miles de fraternales nacían en un cielo esponjoso, tan blanco como negro, cuna de formas y olores jamás conocidos por los mortales. Dicho paraje era las antípodas perpetuas e inamovibles de cualquier otro sitio que pudiera señalar un dedo en un mapa, un edén sinestésico difícil de imaginar.
Nacían para caminar. Tenían un camino ya estipulado desde su génesis.
Durante el descenso vital, se bautizaban a ellas mismas, acariciando sus cuerpos húmedos y uniéndose sin apenas rozarse. El frío coloreaba su trayecto.
Muchas exclamaron, sin detenerse a cavilar con perspectiva, ser víctimas inmerecidas de la eterna injusticia gravitatoria. Sin embargo, no hubo tiempo para funerales. Sus semejantes se desplomaban, una tras otra. Fallecían en silencio. Apenas eran capaces de evocar un tímido suspiro perentorio como cualquier paciente terminal ingresado en el clínico, apenándose de que su vida entera se exhiba ante sus ojos y no entre sus manos, por no tener la posibilidad de abrazar y aferrarse a los mejores minutos (en caso de fortunio, años) de su existencia.
Y mientras yo escribo no paran de perecer. Puedo verlas desde aquí, y concentrando mi atención sensorial (que, dicho sea de paso, es escasa y desfocalizada) me siento capaz de oler el aroma de sus últimas treguas.
Si bien he comentado que su gritar individual apenas fue audible, no es justo eludir que colectivamente formaban un sollozo desgarrador e inaudito, capaz de crear con una facilidad asombrosa emociones compasivas en las vísceras ajenas.
De ésta forma me decidí a contar su historia, una crónica asiduamente olvidada.
Hasta que el sol las eleve de nuevo, han encontrado su paz.
Allí donde nacen las flores, allí donde mueren las huellas.



Al sur del alma
Descargable en:


martes, 1 de junio de 2010

Como marcaba la costumbre, a las diecinueve horas sus manos volvieron a abrir la puerta. Se sentó antes de articular palabra alguna y pidió un vaso de amnesia. Detrás de aquel muro de recuerdos, el hombre del delantal servía gustoso el costoso pedido.

Aquella vez no se dignó ni a mirar la copa. Sus ojos desnudos y cansados sólo fueron capaces de hacer un pequeño gesto de aprobación cuando aquella amnesia ardía por su esófago. En aquel momento, aquel bebedor, igual que tantos otros a sus lados, se olvidó de quien era para, con ello, conocerse más que nunca. Después de dos horas con los ojos cerrados, intentando recordar cómo y para qué abrirlos, se decidió. El repartidor de amnesia le observaba atentamente.

Fue entonces cuando los ojos desnudos del bebedor amnésico se vistieron de cuero, y atravesando los de su benefactor, consiguió balbucear. - ¿Dónde está la mujer que te gusta? - Trabaja en el distrito norte, ella reparte amor, pero a duras penas conserva un gesto amable para mí. Nunca supe cómo conquistarla, por eso elegí éste trabajo.- El bebedor amnésico empezó a recordar. – ¿Cómo se llama?- preguntó, a lo que el hombre del delantal respondió con una cara desazonada perfectamente recordada por el amnésico como un acto de desinterés y dolor. Tras darse cuenta de las pocas ganas de hablar del hombre, prosiguió. - Es curioso; vosotros los humanos os pasáis la vida hablando de vuestros objetivos, de todo lo que hacéis para conseguir aquello que os proponéis. Sin embargo, vuestra contradicción hace que olvidéis éste afán cuando se trata de amor. Jamás escuché a un hombre confesar a un desconocido sus estrategias de seducción o no tratar de justificar sus fracasos. ¿Por qué me confiesas la triste razón de tu trabajo y no la de tu desamor? - Porque trabajos los hay a raudales, y no los necesito para vivir. En cambio… - En aquel momento la cara del amnésico cambió radicalmente, y ello hizo que dudara si continuar su explicación. Se conformó con un resumen apático de su sentir: - Necesito que me quiera. - No puede quererte.-se apresuró a contestar el bebedor, que a su vez iba regresando de su estado de omisión temporal.- jamás sabrá valorarte. Elegiste la peor manera de seducirla, mírate; la estás imitando.
La expresión del camarero se tornó burlona. Miró la copa que sostenía su interlocutor y afirmó con vehemencia. -¿Cómo puedes pensar tal tontería? Elegí este trabajo por miedo a no poder olvidarla nunca. – Pero antes de que el bebedor se lo dijese, como si de una aparición divina se tratase, una espontánea y oportuna lucidez se alojó en su pensamiento y ofreció a su conciencia los elementos de los que hasta el momento carecía. Recogió la copa todavía con gesto sorpresivo, la sujetó a la altura de su cintura y se intentó ver reflejado en el fondo, pero antes de lograrlo, sus lágrimas ya lo habían ocupado.

Puede que en el distrito norte de aquella mente a aquella copa la llamasen amor. Sin embargo la esencia que contenía no encerraba diferencia alguna con la que ahora se había llenado de dolor líquido. Y así, aquel hombre, que compartía el mejor trabajo del mundo con la mujer que amaba, entendió una noche más que la mejor amnesia la suministraba el amor y que no existía mejor amor que el que destilaba su corazón cuarenta centímetros al sur de su mirada.
Apenas tuvo tiempo para despedirse del bebedor aquella noche.

Sus ojos se abrieron. Su mente despertó.
Faltaban diecinueve horas para reencontrarse.


El bebedor de absenta, de Viktor Oliva en 1901.
La pintura original se encuentra en el Café Slavia de Praga.



 

Copyright 2010 El coleccionista de silencios.