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viernes, 16 de noviembre de 2012

La noche nos sorprendió en la cima. Ya habíamos acampado.
Apagamos la luz, huyendo del frío, y las estrellas se nos aparecieron
danzantes y alegres. El silencio barnizó la jungla, nacieron los susurros.
De la nada apareció un tucán en el cielo, cayendo en picado.
Lo último que oímos fue su grito libertario. Después ya no estábamos allí.



lunes, 5 de noviembre de 2012



De entre todas las estrellas, tu constelación,
volviéndose mi luna cuando aterrizamos.
Desde entonces no quiero más que ser marea,
y mecerme dulcemente entre ti y mis silencios.

















Hemos vuelto a volar...


martes, 16 de octubre de 2012

Hace tiempo tuve un corazón cobarde que sólo latía ante las virtudes. Caminaba en busca de cumplidos sinceros y promesas de esperanza. 
Sin embargo todo cambió la primera vez que me enamoré de un defecto. 
Sucedió de repente, sin esperarlo. De una persona que no cosechaba demasiados (al menos no tantos como yo), encontré uno y me casé con él. Todavía somos felices juntos. Además, desde entonces no me conmueve ninguna virtud ni belleza que no esconda algo de debilidad, de silencio y confusión. El amor debe residir en el ideal desgastado del recuerdo deshilachado de alguna carencia. Y todo lo que dancemos será alrededor.
Por eso no quiero que me nombren, ¡porque yo no soy mi nombre judío! 
Jamás hablen de mí. No existo cuando no estoy presente, así que no estarán hablando más que de un nombre que no elegí y de unos actos que no me representan en absoluto. Yo tan solo soy mis silencios, las cosas que nunca haré. No se dejen impresionar por mis mediocridades virtuosas. 
Nunca he existido en ninguna de las conversas en las que se me ha citado, 
ni en los recuerdos que les quedan de mí. Mi esencia es la contradicción. 
Por eso retiro lo dicho y lo reitero hasta quedarme afónico. Y si algún día deciden enamorarse de algo que me pertenezca, que sea de alguno de mis defectos. Del resto de mí no soy yo el dueño, sino la mujer que amo, o en todo caso su genial defecto, que hace a los míos escribirle agradeciendo todo lo que siempre hizo por mí. Sin embargo, pronto sucederá algo que cambiará para siempre nuestras absurdas y maravillosas vidas. Adiós, Carlota.

viernes, 12 de octubre de 2012

Cuando lo leí fue realmente devastador. No sé cómo llegué hasta allí ni con qué intención habían esas palabras llamado al timbre de mis ojos. De hecho, me hubiese gustado verme la cara de pánfilo iluso que suelo proyectar en estas situaciones.
Sin embargo era lógico, y las palabras, aún siendo no más que eso, no dejaban lugar a duda; ella ya amaba a otra persona, así lo mostraban, y a estas alturas ¿quién va a disputar un corazón que ya siente como propio? También entregaría el mío si pudiese.

martes, 2 de octubre de 2012

Yo tengo un amigo, como tenía Julio un hermano en los montes nocturnos.
Yo tengo un amigo que es la fuerza hecha bondad. Que no sabe rendirse.
Ayer le vi llorar por primera vez, y sus lágrimas fueron las mías también.
De todo haremos hambre compañero. Que los amaneceres nos vistan de espejo.
En mi mano hay un camino. Haga usted de caminante, pues no todo está perdido.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Hace tres años me pidió que dejara de quererla. Quizás por miedo, quizás porque no podía querer a otra persona sabiendo que yo la seguía esperando. Hace tres años me vi perdido y sombrío. Me vi mis lágrimas, después de mucho tiempo sin recordar su sabor. Y me vi famélico, dispuesto a morir por mi causa, que no era más que una consecuencia. La de ser consecuente con el deseo que me asolaba, con la desolación que sentí la única vez que, inesperadamente, la vi abrazar con su mano a otra mano que no era la mía, y con la sorpresa al descubrir que todo aquello no era suficiente para rendirme. Nunca tuve fuerzas para hacerlo. Simplemente no las tuve, aunque aquel fuera el otoño de mi vida, donde se me cayeron todas las hojas y perdí el aroma que tanto me gustaba compartir. Me fui acercando al precipicio, y muchas noches pensé: "hoy salto", y sin embargo, cuando quería dar el último paso no podía más que avanzar la mitad de la distancia que me separaba del abismo. Había algo allí que me lo impedía, y así nunca pude entregarme al olvido.
Y en el peor momento, cuando todo parecía perdido, volvió a aparecer. 
Esta vez tal y como la recordaba. Ya no me hablaba de desamor, sino que sus ojos tenían sed y buscaban a los míos. ¡A los míos! ¿Te das cuenta? 
Y dos semanas después llegó la noche más feliz de mi vida. 
Nunca he sabido escribir sobre aquello. Todavía no he encontrado las palabras que le hagan justicia a tal derroche de alegría. Fue la noche que volé por primera vez, improvisando. Y sin darnos cuenta llamó a su ventana el amanecer, y nació a la vez un nuevo día, un nuevo mes, un nuevo año, un nuevo lustro, una nueva década y una nueva primavera al sur de mi alma. Allí donde todo parecía yermo empezó a brotar la ilusión. Y me devolvió en un instante todo lo que se había llevado, que no era más que un corazón torpe y extraño, pero al fin y al cabo era el mío. Lo pienso ahora y me tiemblan los huesos. Me hubiese quedado a vivir en aquella cama de colcha infantil, que aunque los pies al final de mis piernas encogidas tocaran su armario, era para mí una luna entera por recorrer. Después seguí improvisando. Todo era nuevo para mí. Ella me iba guiando con su relativa experiencia, y yo iba pisando con cautela cada nuevo día a su lado, por el miedo a que descubriese que no tenía la más remota idea de cómo conseguir que sintiese lo mucho que la amaba. 
Y el miedo me traicionó.
La segunda vez que me pidió que dejara de quererla me enfadé mucho. No tanto por ella, sino por haberme precipitado yo mismo a la misma situación de nuevo. Por haberla obligado a decir basta, después de saber con absoluta certeza que ella era la que vuela y que la iba a querer hasta que me muriese. No cabían más culpas en mis manos y todos los tangos parecían escritos para mí. Me supliqué a mi mismo dejar de perseguirla e irme lejos, para que pudiese vivir en paz y recuperar el tiempo que le había robado. Me posé otra vez frente al acantilado, pero hasta en aquella soledad llegó su ayuda. Cuando rompí a llorar delante de mi familia comprendí que me guiaba aún en su ausencia. Me ayudó a liberarme, a poder decirle a mis padres que, igual que a ella, no tenía ni idea de quererles, pero que les quería. Que no tenía ni idea de hacia dónde encaminar mi vida, pero que soy una buena persona. Que necesitaba que me perdonaran. Y me maravilló. Tuve que volver aunque precipitadamente a contarle que la vida sin ella no tenía sentido. Y caí de golpe en todos los tópicos que siempre me habían parecido irreales. Y le encontré el verdadero sentido a todos los poemas que hablaban de amor y distancia. Y me volví a enamorar de Benedetti. Y la vi a ella escondida en su corazón coraza y se lo quise arrancar precipitadamente, ahora que sabía ser yo mismo y me sentía capaz de hacerla feliz de nuevo. Volvimos a volar juntos, sin embargo, arrastrábamos demasiado peso, y esta vez fue la prisa mi error.
La última vez que me pidió que dejara de quererla yo sabía perfectamente que no iba a ser capaz. Pero esta vez no me entregué a mis viejos errores. 
Dejé de cargar mis enfados, culpas y auto-compasiones. Alguien me dijo que el amor que sentía por ella era surrealista, demasiado loco y novelesco, demasiado intenso. Lejos de entenderlo como un atenuante a mi actitud, lo acepté como la razón por la que soy lo que soy. Y me liberé completamente. Sin enfados, sin reproches ni malos recuerdos. Aprendí a no necesitarlos. 
Dejé de necesitar que me recordase lo importante que era para ella. En su ausencia me hizo estar orgulloso de ser quien soy. Algo de lo que ni yo mismo supe convencerme nunca. Me recordó que soy un soñador y que no sé rendirme. Que en el fondo sólo soy un niño que quiere jugar a su lado, aunque a veces me disfrace de poeta para aclarar mis pensamientos. De sus silencios absorbo más energía que de todas las palabras que hay en los libros de mi estantería. Es algo que nadie ajeno al sentimiento puede comprender. Perdí el miedo, aprendí a bancarme el amor y me abracé a la esperanza de saber que aunque frágilmente, algunas noches todavía remaba hacia mi recuerdo, y me encontraba en algún que otro sueño. Y aunque doloroso, fue un otoño feliz esta vez. Hace diez días volví a hablar con ella. Con ella de verdad. Y ya no me hablaba de dolor, sino de recuerdos felices. No necesito más que eso. 
No necesito que me reserve su cama. No necesito arrastrarla a mi lado. 
Puedo seguir queriéndola sin tenerla. Puedo verla sin abrir los ojos. 
Hemos volado juntos. ¿Qué más se puede pedir?



domingo, 16 de septiembre de 2012


"Les Tournesols" es posiblemente el café más concurrido de París. Por sus mesas se van sucediendo burócratas, pintores y poetas, bailando un vals de prisas, risas y musas. Poco antes de las ocho entra una hilera de niños a comprar su desayuno. Se posan impacientes con sus uniformes marrones y sus macutos de piel desgastada. Del otro lado, Clémentine va envolviendo los croissants y brioches y se los va entregando en mano con suma delicadeza. Poco después repican las campanas de Notre Damme, los pequeños cruzan La rue de les fleurs y se acercan al "Lycée Victor Marie Hugo".
A todo esto, el astronauta reposa pensativo en una de las mesas del café, apoyado en la ventana, observándoles entrar en el colegio entre gritos y empujones mientras remueve la cucharilla del café.
Ya poca gente recuerda su auténtico nombre, y no importa. Es conocido por su costumbre de sentarse siempre en la misma mesa a la misma hora, sacar su libreta estampada, su pluma negra y pasar los minutos contemplando la vida del café. Al entrar y dejar el abrigo, Clémentine le saluda y sirve el desayuno del día. Le resulta un tipo misterioso, con su mirada intrigante y su mente volátil, siempre ocupada en poesías y cuentos. Sabe de él que está escribiendo un libro de relatos. A veces le resulta hipnótico, allí concentrado, haciendo danzar la pluma por los papeles desordenados que va esparciendo entre las tazas y los platos. Lleva dos meses leyendo su libreta de reojo cuando limpia las mesas cercanas a la suya. Le gustaría ayudarle, pero no se atreve a hablarle más allá de las formalidades por miedo a molestarle. Lo último que sabe es que escribe acerca de una mujer que acude al café cada mañana. Mientras pasa el trapo por el mostrador, le ve a lo lejos sonriente, mirando a través del cristal, cautivado por la joven sentada del otro lado, en una de las mesas de la terraza. Clémentine se pregunta qué habrá visto el astronauta en aquella mujer. ¿Por qué ella? con toda la gente extravagante que frecuenta "Les Tournesols"... Lo que Clémentine posiblemente desconoce es que si la viera con sus ojos se enamoraría de ella. Más allá de su pelo brillante hay algo que no alcanza a descubrir. Analiza su rutina, cuestionándose qué habrá de poético en todo ello, y le sirve el café como ella se lo pide. Debe ser la única chica en todo París que toma el café en vaso y no en taza. El astronauta la observa abriendo los dos sobrecitos de azúcar y vertiéndolos con paciencia. Después, hace circular suavemente la cuchara por los bordes del vaso con un ritmo tranquilo. Al terminar, da un pequeño sorbo y busca un cigarrillo en su bolso. Cuando lo encuentra, lo coloca entre sus labios y lo prende mientras lo cubre con sus manos. Una vez ha soltado el humo, baja el cigarrillo hasta la altura de su cintura y lo sigue quemando, aunque ya esté encendido. Clémentine puede ver al astronauta absorbido por sus movimientos, e imagina qué extraña historia estará creando a su alrededor. De repente ya se han ido. De la mesa del astronauta recoge las migas de la medialuna y la taza. Después, se acerca a la mesa de la joven, la recoge también y acerca la bandeja hasta el mostrador. Cuando la deja, descubre algo atrapado entre el vaso y el plato de porcelana de la mujer misteriosa. Son los sobrecitos de azúcar, introducidos uno dentro del otro con esmero y elegancia. Fascinada, se los guarda en el bolsillo y sigue atendiendo a los clientes, desconocedora de ser el hilo conductor de la historia más importante del astronauta. La historia de su luna. De su lunar. 
Anclado a la mesa en la que le escribió esta canción:

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jueves, 16 de agosto de 2012



Yo no quiero un olvido aliviador, ni una flor sin espinas.
Yo quiero pincharme, beberme la sangre y saberme vivo.
Yo no quiero manjares ni la cena del día anterior.
Yo quiero ser el último postre de nuestra última cena.
Que me inspires sin saberlo. Y expirarte lentamente,
acariciándome los labios con tu miel cobriza.
Y después, convertirme en primavera.


David

miércoles, 8 de agosto de 2012



Avanza la ciencia y la tecnología, avanzan las dudas,
preocupadas por la atómica de los vacíos y silencios 
venideros. Yo, más prudente creo, la única razón por 
la que bajo mis pies a la tierra cada mañana, es para 
demostrarme que hay vida antes de la muerte.
Y sí amigos, queda esperanza.




David R.

martes, 7 de agosto de 2012



Primero te pediría que vinieras a pasar una última noche conmigo.
A volar por última vez. A soñar nuestro último despertar.
Después te advertiría de que carezco de valor para olvidarte.
De que todavía recuerdo el olor de tu perfume y el perfume de tu voz.
Por último te suplicaría con todas mis fuerzas que no vinieras, 
que me abandonases para siempre en algún desván de tus olvidos,
porque en el caso de que decidieras volver a volar conmigo, 
una vez estuviéramos allí arriba, tendría que secuestrarte 
construirte un palacio de nubes del que no quisieras regresar jamás.



David Rebollo

viernes, 3 de agosto de 2012

¿Sabe la vida que es vida?
¿Sabe la muerte de olvido?
Que sólo sabe encontrarme
cuando no duermo contigo.


¿O acaso soy yo la luna
de ocaso, del sol que sos?
ignorando si mi brillo,
es más mío o más de vos.


Será que ya no te busco
porque sin querer te encuentro
allá dónde van mis ojos
mar afuera, pecho adentro.


Y se hace la primavera
con tres pétalos y un río,
un río por la deriva,
tres pétalos por el frío.



David Rebollo


Aunque siempre fue tuya, acá te dejo la mía, coleccionista:

jueves, 26 de julio de 2012


















S'ha fet fosc a la ciutat. Aviat s'obriran noves clarianes per aquells que les demanin. Per la meva part, mai estic prou segur de que ja es de dia fins que em parlen els ocells. El dia que es tornin muts, em quedaré al llit, cobert de llençols, esperant a que cantin. Per sort, són puntuals i m'aixequen el somriure mentre baixo del llit que tinc als núvols. I ja me'ls quedo a dins meu. Cau l'aigua a les meves parpelles, que són els seus nius, i es queden a dins esperant que acabi de rajar l'aixeta. Un cop he acabat, recullo la roba i la tovallola, i començo a pujar les escales que em porten cap al safareig. Llavors deixo la roba dins i camino cap a l'estenedor tot recorrent la terrassa. I sempre em sorprenc quan els ocellets em criden l'atenció perquè m'he quedat quiet sense motiu aparent. Aleshores me n'adono de que porto una bona estona mirant el principi del teu carrer, esperant sense voler-ho, que apareguis allà i vulguis creuar la teva mirada amb la meva. Somrient, penjo la tovallola i baixo les escales navegant a la deriva, com els nostres eterns dies.



David.

martes, 24 de julio de 2012

ERNEST DESCALS - PINTOR



Probablemente, pertenezco a la última generación que conoció los mercados. Los mercados de plaza, de villa. Los mercados de colores y voces adultas. Conocí los mercados desde abajo, alzando los talones para poder ver el mostrador. Conocí los mercados de pasillos oscuros, de cochecitos de bebé. Conocí los mercados de vecinos, de probar la fruta antes de comprarla, de regalar aceitunas a los que éramos niños. Será cruel el lenguaje que regala homónimos injustos, que abraza al eufemismo. Hace tiempo que el mercado es lucro de pocos y castigo de muchos. Hace años que ya no es un edificio, sino una invisibilidad que nos rige. Una mano que seduce a políticos y banqueros, y que ahoga a las famílias de humilde corazón. Es poco más que un monumento al éxito, un Dios sin moral ni espiritualidad que igual de escondido que las divinidades, nos contagia su condición invisible, nos vuelve mudos sin decir y nos encuentra sin buscar. Y parece quedar poca gente que no viva para ganar, para alcanzar éxito. Parece que no hayamos venido a vivir la vida, sino a vencerla. ¿Pero quién la vive cuando vive para vencerla? Siempre he pensado que la vida se nos ofrece para pasearla, no para correrla. Y eso no excluye la satisfacción humana, que se alimenta de utopías, no de triunfos y laureles. Me gustaría ser el primer hombre en hacerle una oda al fracaso. Al fracaso que tan injustamente se nos ha asignado como una derrota vital. Y volver a jugar por jugar, no para pisotear ni señalar al mediocre. Me gustaría crear un mundo de mediocres orgullosos, en el que se prohíba la entrada a los mediocres que lo disimulan reprimiendo, a los mediocres que sólo conocen la generosidad en la medida que regalan miedo al resto de mediocres. A los mediocres de corbata, de clase y frontera. Y no es el padecer del síndrome de la Edad de oro, sino la convicción de que los misiles caen desde el cielo, pero nacen en la tierra y en la mezquindad de los hombres, que cotiza al alza en esos mercados, avalistas del dolor, de las guerras y de la injusticia social. Esos mercados repletos de vaciedades, de números verdes y rojos, de primas, de deudas y de egoístas. Esos mercados de campana de Wall Street, de infamias de seis horas y media, cinco días a la semana. Y yo soy un mediocre indignado, pero no un mediocre indigno hasta de tal adjetivo.


domingo, 22 de julio de 2012

Alejarse de la ciudad acerca el corazón a su dueño;
puede uno hasta escuchar sus latidos sin confundirlos
con gritos o claxons, y es tan dulce esa paz, que a veces 
el alma se sale del cuerpo, para observarse desde arriba.
Después de conocer la vida simple, llena de colores,
es incapaz de alegrarme la idea de volver al cemento gris, 
al tráfico, a los desconocidos que caminan con prisas, a esa
sensación de que en las ciudades nadie quiere conocerse...
Y vivir en la tranquilidad. Nos he visto allí, en ese jardín,
en esa casa de madera. Me he visto escribiéndote mientras
amanece, un poema por cada día que compartamos cama.
Y después acercarme al naranjo, pensando en el desayuno.
Y bailar. Y reír, sobretodo reír. Y anochecer boca arriba.
¡Que hasta he vuelto a ver estrellas! Me hablaron de vos.
Te traje un regalo, espero que te guste. Eran hermosos...




David

lunes, 16 de julio de 2012

Son las 5 y 11 de la mañana. Acaba de ocurrirme algo muy extraño.
Me he despertado de golpe, con un texto en la cabeza. Es el texto más 
hermoso que jamás he podido imaginar. Es muy breve. No creo que 
pueda escribirlo bien, porque estoy medio dormido, pero la hermosura 
del texto estaba en su esencia. Lo bien que lo redacte será lo de menos.
El texto trata sobre los infinitos y sobre las eternidades:


El amor no es para siempre, porque no es constante.
El desamor no es para siempre, porque no te olvido.
Lo eterno de verdad es el reto que nos lleva de uno al otro.
Ese reto me cabe en una mano. Fíjate bien:


















No es sólo un ocho tumbado. Son dos gotas que se besan.
Cada uno de nosotros es una de esas dos gotas.
Y esas gotas son Flores de Bach cuando el reto es amor,
y son dos lágrimas cuando el reto es desencuentro.
Esas dos gotas están en un océano. Enorme y profundo.
Las gotas fluyen y se confunden entre la multitud de gotas.
Y aunque todas las gotas parecen iguales dentro de ese océano,
estas dos gotas siempre se reconocen en cuanto se ven.
Y cuando sale la luna y nada alumbra el fondo oceánico,
las dos gotas se iluminan de golpe, y se quedan a solas.
Y entonces se besan, porque saben que juntas son infinito.
Y el reto se cumple porque no tiene fin. Porque no empieza 
en el amor, ni acaba en el olvido como el resto de retos.
El reto se cumple porque cualquiera de esas dos gotas, sin
pedir nada a cambio, deja que la otra se la beba si tiene sed.
Y así renacen una en la otra, una y otra vez...




Debo volver a la cama, son las 5.43 y mañana madrugo.
Nos vemos pronto gota. Búscame cuando me necesites.






lunes, 9 de julio de 2012











- Te juro que fue como la primera vez que la vi. Ella estaba allí, aún más hermosa de lo que la recordaba, como un ángel, posada tranquilamente, con esa mirada profunda donde podrían nadar diez infinitos sin rozarse, y yo... bueno, yo estaba allí también, con unos nervios que no te podés imaginar. ¿Sabés esa presión en el pecho de alegría indomable?

- Me imagino. ¿De verdad no notaste ninguna diferencia respecto a esa primera vez?

- Bueno, sólo una supongo... 

- ¿Cuál?

- Cuando la vi por primera vez no sabía por qué me gustaba, y ahora que la conocía y me conocía en ella, entendí perfectamente la razón por la que habita tan lejos de mi olvido.

- ¿Y cómo reaccionó?

- Siempre me recibe con una sonrisa. Hasta las veces que no había razones para ello, dibujábamos una en el otro en cuanto nos mirábamos. Es un reflejo. Ya sé que no tiene lógica, pero es inevitable. Hay que vivirlo para entenderlo.

- ¿Y eso te asusta?

- ¿El qué?

- No poder dejar de sonreírle. 

- ¿A quién puede asustarle eso? Podría asustarme pensar que algún día dejara de ocurrirnos, pero es algo químico supongo. Vos sabés más que yo de esas cosas.

- Algo leí en la facultad, pero nunca me ocurrió.

- ¿Y cómo se puede vivir con esa tranquilidad?

- ¿Y cómo se puede morir tan dulcemente? ¿Nada te da miedo?

- No sé explicarte. Uno siente miedo cuando piensa que puede perder algo que ama. Lo extraño de todo esto es que muchas veces sentí que la reencontraba, pero jamás que la perdía. Ella durmió conmigo todo este tiempo, y yo no dejé de soñarla.

- ¿Y si no tenés miedo, qué viniste a contarme?

- No vine a contarte nada. 

- ¿Entonces?

- Sólo quería preguntarte si vos creés que se puede escribir el futuro.






David Rebollo

miércoles, 13 de junio de 2012

Eres estúpido. Eso es lo primordial.
Tienes buen corazón, pero no es eso lo que los demás ven en ti.
Al principio ven a un tipo raro. Encuentran misterio en tu rareza.
Eso es bueno. Pero cuando dejas de ser silencio todo se complica.
Eres una contradicción. Por eso no confías en ti mismo.
No sabes valorar lo que tienes, eres consciente de ello y aún así 
cuando lo pierdes te odias. Y entonces, tan contradictorio como 
eres, hay días que sientes que eres el culpable de todo lo que te
está ocurriendo, y otros en los que lo aceptas como inevitable.
No sabes darte a conocer, y de hecho no te importa. No te gusta
que sepan cómo eres de verdad porque te infravaloras y piensas
que a nadie puede gustarle tu extraña manera de ver las cosas.
Sabes perfectamente que todo lo que ha pasado con el tiempo 
terminará por arreglarse, pero aún así, cuando lo piensas, te
angustia saber que no depende de ti. Piensas demasiado.
Tonto de ti, pensabas que eras inteligente. Tuvo que venir ella
para hacerte ver que la persona inteligente es la que sabe 
hacerse feliz. Y sin embargo, ahora que sabes que eres 
absurdamente ignorante, te gustas más. Hasta eso debes 
agradecerle. Eso lo haces bien. Siempre le has agradecido
lo mucho que te ha regalado, aunque a veces de una forma 
difusa, y otras exagerada, lo cual ha dado pie a que te piensen
como una apariencia, pero de eso no debes preocuparte.
Eres un soñador. Has intentado hacer soñar a gente de la que
sólo has arrancado bostezos. Pero también has conseguido 
volar. Y hacer volar. Nunca pensaste que podrías hacer feliz a
alguien, hasta que un día cualquiera, sin más, ocurrió.
Eres frágil, te aferras al afecto que te ofrecen. Te enamoras de 
ideales y recuerdos, y cuando desaparecen, sin quererlo,
parece que hagas cualquier cosa para evitarlo, y que todo
sean planes y estrategias. Eso es lo que proyectas en los demás.
Por ello has hecho sentir culpable a quien no lo merecía, y sé
que lo has lamentado profundamente. Porque rechazas el 
egoísmo, pero a veces el amor te ciega, y parece que todo tenga
que ocurrir cómo y cuando tú quieras que ocurra. Y entonces
entras en una espiral de actos irracionales, que sólo hacen que 
desconcertar a quien los presencia, y ya no te ven como siempre
has sido, sino la imagen que esa fragilidad proyecta en ti.
No sabes estar solo. Aún así, cuando estás con alguien, parece 
que te guste evadirte y empezar a navegar por tu mente. Eres
una especie de adicto a una soledad que odias profundamente.
Te gusta el dolor, porque te inspira, y eso te hace sentir vivo.
Te crees un poeta. Piensas que con palabras puedes conseguir
lo que te propongas, pero sueles defraudar con tus hechos.
Haces que esperen de ti más de lo que puedes ofrecerles.
Sé que eso te hace sentir un incapaz, pero debes saberlo.
Siempre has sido muy soberbio, y me alegra que hayas 
aprendido a corregirlo. Dale las gracias a ella, una vez más.
Te crees un revolucionario, pero te pasas el día sentado
delante de una pantalla que está haciendo de ti un esclavo.
Quieres cambiar el mundo pero te acuestas cuando amanece 
y no sueles tener ni la decencia de comer con tu familia. 
Convives con tres personas que te desconocen por completo.
Sabes que te aman con todo su corazón, pero no eres capaz
de devolverles ni la mitad de lo mucho que te ofrecen.
Te sientes argentino, pero no te gustan las patrias.
Defraudas a tus padres continuamente, y ellos todavía hacen
ver que tienen algún tipo de esperanza en ti.
No tienes ni la más remota idea de lo que vas a hacer con tu
vida. No te gusta pensar en eso. Tu futuro son quince minutos.
Sin embargo, empiezas a imaginar que acabarás preso de una
horrible rutina. Por favor, no permitas que eso ocurra.
Sabes que eres diferente. Demasiado diferente. Sabes que 
con tu edad, nadie hace estas cosas. Ves cómo los demás
dedican su tiempo en abstraerse de todo lo que les pueda
preocupar. Te gustaría ser así, y sin embargo tú te sumerges 
en tus problemas, porque necesitas sentir que eres capaz 
de resolverlos. Y parece que no aceptes ayudas de nadie. 
Que sea un rompecabezas eterno que tú mismo te has asignado.
Eres bondad pura, pero en el afán de demostrarlo, te equivocas.
Te queda el consuelo de ser una persona única. Mediocre tal
vez, pero única al fin y al cabo. Eso te ayudará y complicará 
la vida a partes iguales. Dejaste de conmoverte, pero te estás
reencontrando poco a poco. No nos abandones nunca por favor.
Yo te necesito. Necesito que vuelvas a creer en ti para existir.
Sé que gastas tiempo mirando fotografías de tu infancia y
añorándote, pero conservas el mismo ceño fruncido y la misma
manera de ver el mundo. Sabes que sigues siendo aquel niño.
Y también sé que te duele leerme y escribirte, pero como 
dice papá, este es tu don, y tienes la suerte de haber nacido 
con uno. Muy poca gente puede sentir lo que tú sientes. 
Ahora que te estremece leerte o escucharte, y hasta lloras 
al hacerlo, eres pura pasión y sentimiento. Y lo echarás de 
menos cuando no ocurra, míralo así. Y mañana cuando te
despiertes nada será diferente. Ellos no te conocerán más, 
ella no te llamará, y tú no te sentirás más dueño de tu futuro.
Pero todo eso ocurrirá. Ocurrirá cuando menos te lo esperes.
Todo está en tus manos David. Puedes confiar en mí.

martes, 5 de junio de 2012

No es tu recuerdo lo que me atormenta.
Es tu piel lejana, que se me vuelve extranjera.
Es tu elección de salvarte,
y mis ganas de salvarte de ella.
El deambular entre bostezos, esperando recostarme
en tu sueño, igual que vos paseás por los míos,
y sos raíz de mis árboles. Y en ellos te encuentro
como te recordaba, mansa y esquiva, y sólo sufro 
cuando descubro que estoy soñando, porque 
presiento que el despertar me supone una derrota.

No es tu recuerdo lo que me enamora.
Son tus defectos y ausencias.
Son las ganas de hacerte el amor y quedar empate.
De tocar el violín en tu espalda, y durante dieciséis
primaveras eternas no dejar de rozar tus cuerdas, 
sin esperar a cambio nada más que tus temblores.
Y después, abrazar tu cabeza en mi pecho, y
escribirte un paraíso de caricias, navegando en
la paz de tu respiración, para que cuando nos
durmamos, pueda encontrarte dentro del sueño, 
y convencerte, simplemente mirándote a los ojos,
de quedarnos a vivir en la casa que, noche tras
noche, allí te estoy construyendo.



David.

jueves, 31 de mayo de 2012



- Esperaba algo más que mi nombre en el sobre.
- ¿Qué esperabas?
- No sé. Tal vez algún detalle. Un escrito.  Una frase.
- El detalle era el silencio. 
- ¿El silencio?
- No dejo de escribirte sin tener la más remota idea de si me leés,
y en el caso de que me leas, puede que lo hagas como quien lee
la crónica negra en un periódico local… ¿Cómo podría saber si 
lo que escribo te estremece aunque fuese un cuarto de corazón?
De ahí el silencio. No quiero poner más palabras en tus ojos.
Quiero que tus ojos decidan mirarme cuando lo necesiten.
- ¿Cómo puedes seguir queriéndome?
- ¿Y vos por qué te empeñás en seguir enamorándome?
- ¡Yo no me empeño en nada! Al final tendré que hacerte
el daño que no quiero, o ignorarte para siempre, para que 
me odies cada día un poco más, y puedas olvidarte de mí.
Estoy harta de tu sombra, que camina por mi mente sin horarios.
- Aunque me ignores, no lo hacés por indiferencia. 
Cuando callás por amor, me enamoro de tu ausencia.
De tu silencio. Es tu estrategia. Sin más.
- ¿Y cuál es la tuya?
- Que un día cualquiera, no sé cómo, ni sé
con qué pretexto, sepas terminar este verso.
- Te odio.
- Yo tampoco.




David.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Ya sé que son sólo palabras. Y sé lo cómodo que resulta el velo y las horas muertas. Ojalá pudiera regalarte hechos, pues tengo un saco lleno de ellos, pero no quieren abrumarte más. Han aprendido a ser pacientes y a ocurrir sólo cuando alguien desee que ocurran, porque no quieren dar lugar a falsas deducciones, ni a que los pienses disfrazados de chantaje o coacción. Si eso ocurriese ninguno de ellos tendría sentido, porque su sentido no es una finalidad, sino el simple y despreocupado acto de que sucedan, y nos ofrezcan la excusa perfecta para compartir por compartir, y tal vez, arrancarnos alguna sonrisa de imprevisto y arrojarla al cielo, para recuperarla cuando estemos alejados, pintada de recuerdo.
Y ya sé que siguen siendo sólo palabras, pero sólo son en la medida que vos las lees. Y sólo esconden la interpretación que vos les das cuando es una interpretación bondadosa, y son las antípodas cuando malpensás sobre ellas.
Tengo escritos estos rostros tuyos de mi puño y letra (mala letra, vos sabés). Los voy recopilando guardaditos y tal vez algún día lleguen a tus manos los originales. Ahora no porque sería obligarte a leerme, y no te merecés esa tortura. Por mi parte todo bien. Si en algún momento te angustiase no saber de mí e intentar descifrar mis pensamientos y haceres, quiero que sepas que puedes estar en paz y tranquila, y creerme si te digo que nada de lo que vivo ningún daño te haría, todo lo contrario. Estoy limpiándome de miedos para abrazarte con la fuerza del sol cuando nos reencontremos.
Por último te quería decir que disfruto mucho escribiéndote. Es un momento a solas con vos. Con el vos que hay dentro de mí. Y no creas que los escribo como quien escribe un monólogo, sino que me resulta parecido a una correspondencia, porque sé la cara que estás poniendo ahora, y lo poco que queda para que arrojes la ceniza del cigarro, y la sonrisa que se te acaba de dibujar en la cara. Vos sí que sos grande, inabarcable. 



Por cierto, ayer entré en una cafetería, me senté a seguir leyendo el libro más hermoso que existe, que es el que vos me regalaste, y empezó a sonar Manolo García. No te podés imaginar la sonrisa de mis labios. Y cuando terminé y empecé a caminar por Via Laietana, las personas que me cruzaban, vestidas de fantasmas con caras tristes, me miraban con sorpresa, como preguntándose qué clase de maga podría hacer durar tanto una alegría.




David

domingo, 20 de mayo de 2012

En aquel auto plateado apenas entraba el aire. 
Dentro, Estela revivía sensaciones que creía olvidadas,
su piel ya no era su piel, sino una alfombra de huellas.
Fuera, la noche parecía acogerla entre sus brazos,
y entre el repicar de la lluvia y los relámpagos,
descubrió lo difuso de los límites, lo relativo de los
recuerdos, que a la vez que se volvían débiles,
brotaba en ellos la fuerza de lo feliz, pues no había
sido traída al mundo para dejar un rastro de 
inseguridades, sino para descubrir todos los 
colores y pintarse del que más le gustase.
Por eso al volver, se quitó los zapatos, los guardó
en su bolso verde, y caminó pisando charcos
hasta el balcón de su cielo, en el que algunas 
noches también llovía, pero llovía un agua tan 
dulce que le resultaba imposible no volver a su
encuentro. Y bajo él se posaba frágil, silbando 
hasta que apareciese una silueta tras el ventanal. 


Cinema Paradiso (1988)


David.



miércoles, 16 de mayo de 2012

















16/05/2012

Es muy posible que yo no sea sino tu ángel.
Alguien que inexplicablemente, pase lo que pase,
permanece en tu vida como una estrella en el cielo,
y se ofrece en cuerpo y alma a tu felicidad, y vive para ella.
Esto lo he ido descubriendo con el tiempo, y me sorprende 
igual que a vos. El hecho de que no entiendas por qué 
sigo existiendo de esta forma me vuelve tan mágico… 
Y me da la certeza absoluta de que nadie más en el 
mundo sabría cómo hacerlo. Ni tan siquiera se atrevería.
Pero si el devenir me condena a ser un recuerdo 
en tu vida, lo cual no espero ni deseo, me gustaría 
al menos ser el mejor de los recuerdos,
porque no atesoro más que bondad hacia vos,
que sos una primavera eterna de alegrías.
El trabajo de ángel lo conservo de todas maneras.
Y en esto sí que soy… irreductible.




David Rebollo

domingo, 13 de mayo de 2012

11/05/2012

Hoy he soñado con una tierra aislada del resto de planetas.
Estaba muy cerca del sol, casi podía abrazarlo.
Parecía querer derretirse en su fuego.
Tal vez sea yo esa Tierra, o quizás sea su luna.





















13/05/2012

¿Es posible enamorar a una mujer sin poesía?
¿Puede uno conformarse con la tranquilidad de lo terrenal
después de probar un dolor tan placentero como el
de volar relleno de vértigo hasta los huesos?
¿Se puede engañar al corazón con las falsas 
promesas de lo sencillo, preso de la euforia de lo factible?
¿Será el tiempo el motivo de salvarse de las 
preocupaciones por las que realmente merece la pena
vivir, y aceptar lo venidero como esperanzador,
aunque de ello no dejemos escapar ni una gota
de improvisación? ¿O será el miedo cruel que nos invade?
Tal vez las mujeres terrenales sean un invento de Dios
para distraer a los poetas, o conformar a los serenos.
Un descanso ante el camino eterno de mis besos.
¿Pero a nosotros, que ya probamos la sangre de lo volátil,
quién puede seducirnos lejos de nuestra historia? 
¿Qué flor sabríamos llegar a oler fuera del edén?
Tal vez, y sólo tal vez, algún día olvides mi voz, 
pero reencuentres la inspiración que creías enterrada, 
y vuelvas a escribir pensando en mí, o en quién sabe quién.
Qué más dará el destinatario, si ese día volverá a florecer
en vos el cielo más brillante que unos ojos puedan soportar.
Y tal vez, y sólo tal vez, en el preciso instante que hagas
de tu alma poesía, vuelvan el resto de planetas a su
órbita natural, y el sol ya no sea un astro incandescente,
sino una mujer y un hombre haciendo el amor.



David Rebollo

jueves, 10 de mayo de 2012



















10/05/2012

Qué cerca me siento en tu lejanía
y qué pronto me siento en tu recuerdo
para quedarme dormidito a la sombra de
tus ojos, que son olivos en flor cuando
se abrazan a las palabras de estas cartas,
y a través de ellas vuelven a sentir las
yemas de mis dedos moldeándolos
en silencio, atentas a tu pestañeo.

Y así se entregan a tu voluntad
de abrirlos y encontrar su luz,
o de cerrarlos y apagar la pasión.
Y te ayudan a ello, sea lo que sea.
Y me alegra, igual que a vos,
esa libertad infinita que nos conceden.

Porque al fin reencontré la felicidad
del que no espera recibir de la vida
más que frágiles bocanadas de
magia repartidas por los rincones.

Y vuelvo a ser quien se conmueve
al ver un pájaro alzar el vuelo.

Mientras me pregunto si yo seré él.


Att;

ElAstronauta

lunes, 7 de mayo de 2012













07/05/2012


Quién pudiera vivir de viejos presagios. De palabras.
Y entenderlas como yo, no como débiles susurros.
He venido a contarle que las noches a su lado son las más luminosas.
Aunque nos veamos incómodos el uno del otro y no lo entendamos.
Aunque nos sintamos lejos en las medianeras. Y tan cerca acá.
Hoy vine para que me recuerde así. Porque así es como soy.
Y así me voy por un tiempo, lleno de temblores.
Dejando estos rostros de vos como único rastro.
Para que siempre me encuentre en ellos.
Y detrás de mí, a usted si lo necesita.
Porque nada me hace más feliz que saberme un niño.
Y viajar a la luna llena. A esperar.
Y plantar allí un jardín de nostalgia.
Para que cualquier noche
pueda señalarla con el dedo,
y explicarle a sus amigos,
a sus padres o a sus hijos,
que allí vive el astronauta.



jueves, 3 de mayo de 2012

















Porque tú eres así, unos días de colores, otros días gris.
A veces te reconoces en los espejos, otras ni te encuentras.
Algunas noches me añoras, otras huyes de mí.
O entras aquí, esperando qué se yo,
mis palabras supongo, que te gustan porque en ellas
siempre eres de colores, te reconoces y me añoras.
Y por eso las lees una y otra vez, para verte feliz,
en paz, sabiendo que hay alguien enamorado de vos,
no de tu cuerpo, sino de vos. No de tu alegría, sino de vos.
Alguien que está ahí, cuando crees que lo mereces,
y cuando crees que no, esperando, sin que comprendas
qué diablos ha visto en tus ojos, que siempre habían sido
mudos, presos de una muchacha insegura que no sabía
si podía volar, hasta que, valientes por fin, se lanzaron
junto a los míos al precipicio de lo que desconocían.
Eso es algo que siempre tendrán en cuenta,
porque es más que todo lo que puedas negarles.

Porque tú eres así, a veces quieres silbar bajo mi balcón
y no te atreves. Y otras quieres escribirme y no eres
capaz de encontrar las palabras. Porque yo te las robé.
Y escuchas las canciones que te escribo mientras lloras
sonriendo, e ingenua de ti, crees que me debes algo,
y eso te bloquea y te hace exigirte imposibles,
cuando imposible era para mí deshacerme de mis
fronteras y aprender a escribir llorando de alegría.
Porque tú eres así, a veces bebes para no pensar,
y te entregas a aquello que no te complica la vida,
y otras veces darías lo que fuera por perderte en
mis laberintos, que son los más bonitos que has
conocido, y pasear de mi brazo oliendo flores.
Y a veces te obligas y otras te escapas de la jaula
para volar hasta mí, y volver a sonreír,
no por no llorar, sino sonreír rebosante de felicidad
al recordarme entregado a ti sin pedir nada a cambio,
tan ilógico como siempre, lleno de detalles inexplicables,
como escapado de una película de bajo presupuesto.
E intentas imaginar la siguiente sorpresa que te tengo
preparada, pero sin embargo, el mundo entero se
pone a mi favor, y misteriosamente, vuelves a sentirte
la persona más afortunada del universo.

Pero qué injusto el miedo que a veces compartimos
y que nos hace ser como no somos, y no saber lo que
decimos. Qué injusto que le gustemos tanto y nos traiga
de nuevo nubes a nuestro cielo, ese que tantas noches
nos ha llevado construir y llenar de estrellas y lunares.
Qué injusto que nos haya visitado y nos quiera matar
la sonrisa de esta manera tan inocente e inmerecida.
Pero qué justo es el tiempo, que borra los miedos,
y los convierte en granitos de arena cuando nos
parecían montañas. Qué justo es el tiempo, que nos
ha demostrado tantas cosas y unido tantas veces.
Qué suerte que separe al farsante del enamorado
y sepa darle valor a todo aquello que nos escribo.
Qué suerte tenemos de que esté de nuestra parte y
no nos rocíe con su olvido maldito, que es el peor
veneno que puede inyectarse un humano.
Suerte, porque nos hemos hecho inmunes a él.

Porque tú eres así, y a veces quieres borrarme de ti y
otras dejas una miga de esperanza allí donde sabes que
pasearé, para que la recoja y no olvide que yo también
puedo contar contigo aunque no sepas decírmelo.
Y en ocasiones te sientes la musa que eres,
y otras sólo la víctima de un montón de burda poesía.
Y a veces quieres dudar de mis escritos para aliviarte,
y otras me ves tan diferente al resto que te asusta
pensar en dejar de volar conmigo, tan loco y raro
como soy, y volver a poner los pies en la tierra de
los adultos, tan fría y llena de cálculos y de rutinas.
Y así soy yo en tu mente, a veces un agobio y otras
un luchador. A veces un iluso, otras un soñador.
A ratos un aburrido, a ratos una sorpresa constante.
Hay días que hago la mudanza en tus recuerdos,
y otros en los que me quedo a vivir con ellos.
Y qué suerte o desgracia que tengas que aguantarme.
A mí, la única persona en todo el planeta que sabe
coleccionar tus silencios y convertirlos en palabras,
que a veces te entristecen y otras se convierten en
razones para que seas la mujer más feliz del mundo.
Porque a veces yo soy tú, y a veces tú eres yo.
Todo según se mire.





David.

 

Copyright 2010 El coleccionista de silencios.