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lunes, 16 de diciembre de 2013

Hace cuatro años, nací frente a los escalones de una iglesia. Los luceros salpicaban la bóveda que cubre  el orbe en la tardía negrura. Yo me recuerdo, y es extraño... La única experiencia semejante es la de despertar de un sueño apareciendo en otro, pudiendo evocar en él el anterior. El letargo de conciencia se desvaneció frente al detalle y me descubrí sentado ante la mujer. Ella no era mi madre, sino la vida que estaba acogiendo, el propio regalo. Como todo nacimiento, no prestaba opción; me eligió y nació junto a mí. Recuerdo estar contemplando las piedras al fondo. Eran cuatro, nunca lo olvidaré. Tres de ellas resultaban ordenadas en una perfecta armonía vertical, y la última las protegía de las corrientes del verde mar. ¡SALTÉ! No hubieron dudas, no existía el temor, yo no lo conocía. Salté con las manos abiertas y estiré los brazos todo lo que pude. Me empapé. Me empapé el alma, los labios, las mejillas, los desiertos. Me mojé los huesos y las tripas. Mi vida me fue entregada con la primera gota que me abrazó la carne. Allí donde acababa de nacer no existía la gravedad, si yo les digo que empecé a caer en picado no me imaginen en este mundo, en el hogar de las piedras no había arriba ni abajo. Una vez recibida la existencia, el misterio que custodian se conoce como el primer enigma del hombre. Algunos creen que cuando acaricie la arena del fondo y las tenga en la mano, despertaré del sueño y moriré. Yo más bien pienso que ellas son mi utopía, mi razón última. En todo caso, si las alcanzara y muriese, dejaría de ser, y por tanto no podría probar haberlas rescatado. La constelación de las piedras nos desvela la solución. La mirada, aquella mirada, resulta ser infinita, también cuando duerme.




lunes, 25 de noviembre de 2013



En la noche de negros aullidos me desvelas, desordenándome el cajón.
Yo te persigo por toda la casa. Estás desnuda, haciendo temblar la escalera.

De repente dejas de huir.
                                       Me miras de frente.
                                                                     Te acercas.
                                                                                        Me acerco.
                                                                                   
Acabas de salir corriendo por la puerta de madera camino al patio. Necesitas que te acompañe pero no sabes pedírmelo. Esto me lo conozco. Puede que esté soñando, decido no despertar. Me asomo tras la puerta y espero sentado contemplando nuestro jardín. Ahora me doy cuenta... Has elegido el jardín porque entre tantas flores, en él no te distingo. Sonrío. No te encuentro, pero sé que me estás mirando. Cuando me canse de buscarte volverás caminando sigilosamente tras mi espalda. Antes de que te descubra, cubrirás mis ojos con tus manos y sin que pueda siquiera besarte el brazo, me harás la eterna pregunta. -¿Quién soy?- 
Tras lo cual permaneceré callado.

¡NO! Espera, lo tengo. ¡Lo tengo, al fin lo sé!

Sos el misterio que resuelve la primavera.



miércoles, 16 de octubre de 2013















Heredé de mi padre un silencio
que hablaba, de cuerpo presente,
sobre el amor y sus ventanales.

El primero en abrirse, contaba,
lo embiste una rosada ventisca,
que en su cromatismo arrastra 
el aroma que el otro nos ofrece.

Aroma que puede a su antojo
apuntarnos el alma con el dedo 
y hacernos de la misma carne
que una nube, que un pájaro.

Y es el perfume de quien hemos amado,
aunque a veces diluido a recuerdo
en el agua ajena que es un charco propio,
el puente intacto al bombardeo del olvido,
que mientras nos enfría el pecho,
justifica nuestra revolución
contra las corrientes razonables,
que nos tratan de afluente
y quieren conocernos, 
al fin desconocidos,
y cerrarnos la boca del estómago 
y la de los besos,
encenizándonos los labios y la voluntad.

Y cuando dentro de unos años la acaricie ya dormida
y me baje de la cama y le escriba este poema,
y se me empape alguna que otra entraña
intentándomela arrancar de la piel,
me dejaré llover entero.

Y como las flores después de la lluvia,
cuando las gotas bailan en sus panzas
precipitándose al filo del pétalo,
la fragancia será en mí lo que yo he sido en vos.

Sonríe al mundo mujer,
que con una miga de tu amor
erradicabas el hambre de toda la humanidad.


martes, 30 de julio de 2013


Alguien la está soñando, desarraigándola de algún presente. Ella comprende y desafina su caos, lo cual la convierte en el cosmos; y viaja si la nombran... 
Hay quien piensa que Andrómeda es un ejército. Dicen haberla visto simultáneamente en tres amaneceres distintos. Y si bien es plausible la infinidad de los ocasos, no así la de sus apariciones, pues no es su nombre sino el propio infinito. En su pestañeo se esconden las eternidades y olvidos, los colores que no existen. Los humanos están equivocados, todavía no la conocen. 
Pero la aman. La aman enloquecidamente, dejándose rebosar los corazones en el presagio de su fantasía. La rutina de su nado les empuja a confundir los lagos y las bahías, y a todo extirpa sus dimensiones, lo retorna tintado de un colmado nihilismo, hueco de tiempo y espacio. Proyecta el camino en la medida que lo constituye y nunca acepta un consejo. Andrómeda es la madre. Un compendio de todas las mujeres que volaron en la tierra. Y esta es la crónica del hombre que intentó besarla en nombre y boca de Adán, y resultó fundido en su rechazo, deshelado gota a grano. Pues su amor ingrávido no nos pertenecía. Y qué poesía ajusticiada la nuestra: Andrómeda también tenía su Andrómeda. 
De todos los planetas que desconocía se fue a enamorar de Saturno. 
¡Qué hermosa y terrible paradoja, querido lector!


David Rebollo

sábado, 13 de julio de 2013




Camina un hombre hacia el umbral. De este lado, el terreno es llano y profundo y la única dimensión existente obliga a ceñir el régimen de distancias a un plano estrictamente temporal; su posibilidad no franquea la quietud. La culpa y el remordimiento pueden deambular en su interior, pero el paisaje no se acuerda de su nombre. Las olas le persiguen cada huella (ninguna permanecerá tras cruzar la última puerta), y la mar, de inocencia calculada, le abraza algunos pasos, volviéndolos ebrios en su contradicción. Una tierra condenada al olvido edificada en cada nostalgia, néctar de los poetas, ruina en perspectiva inversa. Sigue paseando en lo que cree la infinidad, incapaz de intervenir. En el horizonte vislumbra la entrada al laberinto. Agota sus cenizas alfombrándose la arena y al fin se postra ante la única boca del muro. En el vértice conoce al pájaro. Su voz le venía susurrando algunos recuerdos atrás resultándole inevitable y seductora, y ahora, cautivado por sus alas, es incapaz de volverse a contemplar el fuego en declive. De la misma forma, su hermano volátil no contempla pisar las nubes que llueven sobre el hombre que observa. Sabe que en ese rincón de la existencia el cielo no trasciende, lo proyecta el caminante, que accede a cruzar al siguiente estado metafísico.

Tras entornar la verja cobriza, el hombre se mira las manos. Las recubre un óxido de olor penetrante. Esta vez, avanza entre jardines de cuatro dimensiones. Ha entrado con la intención de perderse y el pájaro lo sabe. En el siguiente segundo lo vuelve cómplice. Ya no le guía la sonoridad, anda dando tumbos. Ha sido engendrado para el acertijo, no para su resolución. Las decisiones son arbitrarias: el misterio le resuelve a él. Es algo que no comprenderá hasta posarse ante el último portal, reluciente esta vez, barnizado de una inmaculada condición. Al escuchar de nuevo al animal, ya viejo y frágil, le evoca una reminiscencia limítrofe al tedio. Resuelve que un pájaro es incapaz de entristecerse, pero en su canto sabe evocar la tristeza. Descubre que el infinito sólo contempla el bosque de cada bifurcación; las elecciones jamás elegidas. Se revela como el hombre que ha sido todos los hombres y mujeres, erigiéndose síntesis atómica de la propia existencia sin recordar el final del sueño. Sabe que cruzó porque alcanzó a verse desde el otro lado, cosiéndole a la puerta un candado que jamás le sería arrancado.




David Rebollo



jueves, 16 de mayo de 2013



Descendía calle abajo cabizbaja y pensativa, obcecada tal vez en las baldosas empapadas, viendo desaparecer las gotas al pavimento, disgregadas en su justicia de anonimato. Se venía cruzando con algunos fantasmas de palabras mudas, pensando si sería hoy el día de su fortuna, el fin o el comienzo de una nueva lejanía. Imaginaba la Calle Mayor vuelta río y entretanto, sentía convertirse en parte y todo del mismo, arrastrada en la corriente de los días que no prometían algo mejor que una desembocadura anestesiada a unos peces enhuesados, insaciables y triperos. No le era permitido el más mínimo malgaste de tristura, y el clima se había vuelto contrario a sus necesidades.  Después de una semana de nubes ancladas y lluvias negras, nada hablaba del augurio que la convertiría para siempre en Diosa griega, conducida por el descubrimiento de su terriblemente mágico destino, escondido dentro de un charco, donde nadie lo buscaría. Resultaba ser que la dirección de pensamiento que ejercía era la equivocada. Tan convencida de ser el efecto de una causa se vio reflejada, e inexplicablemente alcanzó en clarividencia que las cosechas, los bosques y por ende una humanidad vuelta minucia ante la trascendencia del tiempo y el temporal, resultaban ser sus ahijadas, subordinadas a sus estados de ánimo. En el aguazal no se distinguía su cara del cielo. Haciendo un repaso a su vida, todo concordaba. Los días, los meses, las épocas de lluvia… el cielo lloraba con ella, había llorado a su lado, la acompañaba. Si su espíritu bailaba, no lograba arrancarse el sol de encima. Era dueña de las emociones, dueña de su felicidad. Si esta noche se le escapa un sonrisa de boca para adentro, pronto será testigo el mundo del acontecimiento más poético y existencialista de cuantos se pueden nombrar: los días de lluvia soleada, o de sol lluvioso, cuyo símbolo resulta ser el arcoíris, que al fin y al cabo, no es más que la paleta en la que su alma elige, cada día de la semana, el color con el que nos enamorará.



domingo, 14 de abril de 2013




"Se acabó Carlota. Y es tan corto como duro de escribir. Pero es así, no doy para más.
Perdóname por haberte traído hasta aquí. Perdóname por haberte elegido como mi única salvación y esperanza. No puedo seguir viendo como la ilusión se deshilacha un poquito más cada día, tengo que romperla antes que soportar su agonía, que supongo, es la misma que la tuya. El querer y no poder. El poder de no querer. Llegado a este punto, no puedo pretender dejar de amarte de la noche a la mañana, pero sí ayudarte en la complicada tentativa de desgastar mi recuerdo. Por eso me estoy marchando poco a poco, por eso, lentamente, voy desapareciendo de todos los lugares en los que me venías buscando. Me lo has enseñado todo; la felicidad, el amor, el dolor, la amistad, los celos, el sexo, la belleza más pura, el rencor, el feliz recuerdo y el olvido, en carnes propias y ajenas. He procurado ahogar en mí todas las sensaciones negativas y ahora, tan adentro como las he empujado, no tengo energía para estirar el brazo y restaurarlas. Tampoco tiene sentido, ni lo mereces después de todo este tiempo. Es demasiado tarde. Yo lo he elegido. Sólo Yo. Siempre que me has negado tu cercanía he agachado la cabeza y coleccionado un silencio, sabedor de que no iba a rendirme ni a dejar que te salvaras. Simplemente callaba y sonreía porque sabía que el tiempo me daría la razón. En parte lo ha hecho alguna vez durante este año, pero no ha sido suficiente. Por mí le daría una vida entera de tiempo al tiempo, pero me la está acortando a velocidad de vértigo. Me estoy haciendo daño. Y no es algo de lo que deba nadie sentir lástima. No te estoy culpando. Es una llama que se va apagando y quema, pero uno se aferra tanto a lo poco que ha conocido y amado, que todo lo demás, aún siendo seguro y tranquilo, le resulta insuficiente. Pensándolo así, nadie puede albergar culpa en ello. Y menos vos, estáte tranquila. No he venido a recordarte las cosas que hiciste mal, porque ya te las perdoné, porque ya no sé cuáles son, porque sé que las buenas las triplicaron, y porque las he repartido todas a un cincuenta por ciento, así podemos estar en paz, siempre que tú sepas hacer lo mismo con las mías. 
Si no crees que merezco tu perdón en lo que no he sido capaz de cumplir y piensas, aunque me esté dejando el corazón y la sinceridad en estas letras, que esto es un ataque, una estrategia o un reproche, deja de leerme inmediatamente. Te doy una frase más para que lo pienses y escojas. Si has continuado leyéndome convencida de que no tengo ninguna mala intención hacia ti, decirte que es a vos a quién amo, no a la que cree que todavía me debe algo o yo se lo debo a ella. Es de vos de quien me enamoré y a quien me cuesta tanto renunciar ahora. Aunque no aparezcas tan a menudo en el cuerpo que te acoge, sos igual de inabarcable que siempre. No desaparezcas jamás. Deja que se salven las otras personalidades, las de cuando estás ausente o enfadada, las que prefieren la droga al amor. Vos no sos mejor que ellas, pero sos la mía. ¡Ojalá sea la mía la que esté leyendo esto! Si hoy no existes, te pido por favor, a ti, la personalidad que me lee, que se lo muestres a la mía cuando regrese. Y no pienses que tengo nada en tu contra, he aprendido a amaros a cada una de vosotras, pero sólo ese lado suyo, el oscuro de su corazón, le devolvió la luz al mío. Si después de todo, has continuado con la lectura de este rompecabezas de sentimientos mal redactado con la sensación de que quiero hacerte algún daño, úsalo en mi contra. Puede ayudar a convencerte de que es mejor no verme, de que siempre estuviste sola, de que no existí, de que todo fueron poemas baratos y chamullería argentina. Esto no es así y lo sabrás de grande, pero el rencor es la herramienta más útil para justificar el olvido. ¡Hasta yo he intentado aprovecharme de ello! Pero me ha resultado inútil, lo bueno siempre ha sobrepasado a la deuda con creces. Espero que a ti te sirva y que esto no te duela más que un pellizco o un pinchacito. Ya sé que es complicado. Pero si no hay alternativa, crea una mala imagen hambrienta en tu recuerdo y aliméntala con cada palabra mía que leas, con cada beso que recuerdes. Y sobretodo, no busques mi mirada en otros ojos. Mi mirada (la que tu conoces) sólo existe en mí contigo. Ahí fuera hay muchas otras dispuestas a intentarlo. No las compares ni les pidas lo que a mí. Ni mejores ni peores, sólo diferentes. Que no paguen ellas mis errores, igual que yo no quise pagar los de las que precedieron a la mía. Aprende a amarlas porque son únicas e hijas de la vida, como las nuestras, y eso es ya suficiente razón para que les des la oportunidad que a mí me diste. A través de tu mente conocí la felicidad en su máxima juventud. Ninguna vez será como la primera, eso lo sabemos ambos. Malditos abriles que nos separan. Maldita la primera vez que te supliqué. Malditas tus lágrimas y las mías. Maldito el silencio que nació hace un año. Maldita canción que preferiste bailar sola. Maldito Mayo lluvioso en el que bailabas y yo deseaba aprender a odiarte. Maldito yo por llevarte hasta ese punto. El punto de no retorno. Ojalá lo hubiera aceptado sin preguntar. Ojalá hubieras sabido contarme exactamente lo que sentías, razonar tus decisiones sin medias tintas... Pero te comprendo, es imposible hablar conmigo sin que le de la vuelta a tus pretensiones iniciales, sin ser un abogado continuo de los destinos y los sueños imposibles... Sé que muchas veces has querido sentarme para hablar de la verdadera razón de todo esto, para enseñarme la crudeza de nuestra situación, y sé que siempre he silbado y mirado a otro lado. Ahora, tanto tiempo después, no es necesario que lo hagas. Prefiero no saberlo. Sea lo que sea lo acepto y te hago saber que para mí, todas tus razones son válidas, por ínfimas o extrañas que sean. Que aunque no sepas cómo has llegado a este punto, o por qué perdió el color tu amor sobre el mío, no importa. Me podría haber pasado a mí, y créeme, no lo hubiera hecho mejor que vos. Espero que no me recuerdes mientras dure este calor, la euforia del verano y la juventud, y que cuando llegue el invierno y las noches lluviosas, ya tengas con qué rellenar el vacío y apaciguar el dolor.
Al fin y al cabo, yo no soy tanto como crees. Sólo soy para vos lo que en vos he sido. Que lo representa todo para mí, pero no deja de ser una nimiedad. Nadie tiene que superarme porque no se trata de una competición. Las personas son demasiado interminables como para equipararlas. No puedo pretender que me olvides, pero si quieres guardar un recuerdo cuando todo esto termine, guarda el de las noches frías en las que volviste a subir al cielo, sin preguntas por mí parte ni por la tuya, sin culpas ni reproches, como si nada hubiera pasado. Porque no ha pasado nada, sólo ha existido toda la felicidad que nos hemos brindado, el resto no lo merecemos. 
Así que el olvido no lo debiéramos ambicionar, hay mucho que recordar y por lo que sonreír. Tampoco te pediré el rechazo ni la renuncia, porque aunque a ti te haya dado miedo y yo no haya querido entenderlo, es algo ya supuesto, aún sin ser total. Sé que te esfuerzas en convencerte de que la custodia de mis labios te la confiscaste vos misma al negarme la de los tuyos. Pero seguimos siendo un poco el uno del otro. Sé que quieres amarme pero no ahora ni en esta ciudad. Lo sé todo, sé que es sin mala fe, sé que eres una persona de buenas intenciones conmigo. Me has regalado un amor. Un amor de los de verdad. El primero. Un amor por el que morir y por el que matar. Era lo que siempre deseé vivir y tú lo volviste realidad, lo perfumaste de magia. Ahora podría morir tranquilo. Es algo que siempre recordaremos como positivo: la oportunidad que nos dimos, el laberinto que creamos y en el que nos perdimos, pero siempre de la mano y con orgullo. Durante este triste año, hay dos palabras que nos han llenado la boca, y que nos hemos repetido hasta la saciedad: gracias y perdón. Pues bien, las gracias (aún sabiendo que padezco esta reiteración en un escrito tras otro) te las doy una vez más. Has grabado tu nombre a fuego en mi pecho, y sólo atesoro los buenos momentos (abundantes e inolvidables). El perdón te lo otorgo por completo en cualquier aspecto del que se te ocurra culparte (que no debiera ser ninguno). Por mi parte, me perdono a mí mismo (no sin antes haberme hecho mil juicios) y doy por pagadas todas mis deudas con la incalculable sanción de tu lejanía. Por último te pido perdón a ti, terminando esta carta como he empezado a redactarla. Perdón por mi incapacidad de renunciarte y de convencerte. Perdón por haberte hecho sentir sola. Perdón por querer existir en tus mundos paralelos. Perdón por cada reproche y por cada silencio. Perdón por haber pulsado el botón que me impide saber de vos (es lo justo si no te dejo saber de mí). Perdón por haberte escrito este testamento interminable. Perdón por no haberlo escrito antes. Y sobretodo, te pido perdón por quedarme en tu recuerdo, sin saber cómo ni con qué pretexto. Sé que sabrás perdonarme. Si no vos, la personalidad a la que me referí al principio. Es necesario que nos perdonemos para poder ser felices, y no importa que lo hagamos mil veces y reincidamos en las disculpas a cada momento.

Seguimos el camino que nos dictó la película. Vivimos el amor poético y sufriremos la cercana lontananza cuando el avión cruce el Atlántico. La segunda parte ya la improvisaremos. Le cambiaremos el final. De momento somos invencibles,  juntos o alejados. Todo esto no son más que palabras. Algún día les encontrarás el sentido a todas y cada una, te lo aseguro. Es disparatado pero creo que le estoy escribiendo a tu Yo de aquí a diez años. Tal vez, en los tiempos venideros se te asigne este rol mío en alguna relación. No es más complicado que el tuyo, desde luego, así que no debes preocuparte por ello. Creo que lo importante a hacer en estos casos es ofrecer a la otra persona (vos en este caso) la confianza y la certeza de que se la deja en total y absoluta libertad. LIBRE. Si no se hace así es muy complicado que esa persona no acumule algo de culpa propia y la transforme en rencor ajeno. Ahora ya no hay nada que perder, está toda nuestra ciudad por reconstruir. No viertas más lágrimas en este pozo, no te ahogues. Escapa volando. Vuelve con los pájaros, que son tus hermanos, y no pienses más en estos versos. Ni en los de ayer. Sé libre porque libre te quiero. Libre y feliz. No importa lo lejos que te sienta mientras sepa de tu felicidad. Sólo procura dejar de pensarme. Si me nombran, no les escuches. No soy ese del que hablan. No vuelvas a los lugares en los que fuimos felices sin mí, porque se vuelven fríos y vacíos cuando el otro falta. Y sobretodo sonríe y no olvides jamás la estima que te tengo. Quédate en el cielo, no bajes más aquí. No entres a releer, no alimentes los dolores.
Ahora recuerdo aquella frase que me escribiste el último Agosto. Te la voy a usar ligeramente modificada para poder contarte algo: “Siempre fuiste capaz de todo, incluso de dejar que me rindiera”. De lo primero estoy seguro. De la segunda parte, no estoy en absoluto convencido. Allá donde vaya dejaré un rastro de migas. Serán sólo migas, ni súplica ni obligación. El día que me necesites, para lo que fuere, tendrás mi brazo tendido, mis ojos y hasta un riñón. Lo que precises. Porque después de todo yo te llevé a la Luna, pero tú me has regalado el Sol."


domingo, 24 de marzo de 2013


Porque vivo en un lugar en el que nunca estuve,                 
                                     donde soy lumbre y frío,
                                                     desierto y río,
                                             más suyo que mío.

La quería como Alejandra, adicta de inseguridad,
                              por las veces que me amaba
                                            y las que celebraba
                                    que la odiara por piedad.

Al final ganó la euforia, el nunca ante el mañana,                                   
                                    no me llama si respondo,
                             no me busca, no me escondo,
                                   no vuela tras mi ventana.



viernes, 18 de enero de 2013



Y aunque persigamos la utopía, todos los caminos conducen a la duda. Las rutas que trazamos siempre resultan retorcidas y abocadas al dolor, y aunque creyera haberle dado fin bajo un manto de esperanza deshilachado, temo recobrar el sendero de la desdicha. No fuere por vos, que te mostrás precavida y pausada, sino por mis horizontes, mucho mayores que las jaulitas en las que nos encerramos. ¿Será que me perdiste la llave? No sabría romperla a golpes. No podría gritarte un suspiro, porque yo lo elegí. De la misma forma, no hace voces mi tristeza, ya que la he moldeado débil a mis propios ojos. Una mirada dirigida a la cúpula, ¿de qué lado caerá la esfera? Pudiera caer en la luz de que nuestros ritmos se sincronizaran al fin, tan descompasados que han sido, y los detalles que intento regalarte no cayeran río abajo empujados por la rutina que te cierne, que es opaca como la mía, aunque no tan pobre y reflexiva.

¿Y si todo problema fuera ese? Pensar demasiado es mi perdición. Me conduce a la ansiedad. Y ahora que vuelvo a pensar en vos, se me construye una sombra sin andamios y así andamos... debo poner fin a mis pretensiones. No son justas con vos ni con tu ilusión de contemplar otros mundos o constelaciones. Yo sólo soy un joven de paupérrima proyección empresarial, me hallo entregado al desapego y la desidia, y de vos sin embargo, todavía atesoro algo propio. No sé qué recuerdo guardas de ello, si lo conservas o lo empeñaste por un futuro algo más digno. Juzgaría como positivo cualquiera de tus actos, aunque muchas veces juegue en mi contra en los pleitos internos en los que nos cito.
Sé que mis actos sólo abarcan la posibilidad. Soy algo así como una propuesta hecha carne. Las decisiones le atañen a tus propósitos. Tampoco es justo para nadie, pero no sabría pronunciarle un adiós a tus piernas, que parecen ser ahora mis únicas infiltradas. Adversos tus ojos, que no me buscan si hay más ojos mirando, y lo encuentro aterrador y comprensible, y aunque tus risas ya no elijan mis palabras sino otras para mostrarse al mundo, carajo, sé que por dentro te gustaría ser capaz de ello.

¿Qué debiéramos hacer entonces? ¿Aceptar nuestro mal como necesario o maquillarlo de una agonía innecesaria? Ojalá comprendieras que escribo lejos del convencimiento, y que todo lo que grito persigue que me encuentres de entre la perdición. Aún ante mi imperiosa necesidad de sobrevolar el futuro, sé que permaneces inmóvil por indecisión, y no es tu responsabilidad, pues debí haber tomado una determinación al respecto hace demasiado tiempo. Persigo el reencontrarme contigo, sé que poco a poco lo estamos consiguiendo. También deseo, como ha sido habitual, que cuando nos reencontremos conservemos aquello que nos gustaba del otro. Yo sé que esas virtudes que te encandilaban se han vuelto tenues. Sólo en la distancia hemos sabido apreciar el vacío que el uno dejó en el otro. Y no es que el que se cernió sobre mí fuera más grande, sino que yo he sido incapaz de rellenarlo, porque le tengo reservada demasiada felicidad al amor, a un amor idealizado, y ese es otro de mis funestos errores.

Y parece haberse tornado costumbre que cuando entro acá, a dejarte una miga de pecho, esto se convierte en una oda al ataque propio o un desfile de mis defectos. No es tan así como se plantea, mas creo que los juicios deben ser propios antes que compartidos, y de la misma forma, en mayor o menor medida, sé que vos también sos esclava de tus exámenes de conciencia.
Me alegra que de nuevo luches por comprenderme y ayudarme, y que eso me ayude a hacer lo propio en tu travesía, y deseo, igual que tu, que nuestros vuelos no se resuman a simples paseos. Me gustaría construirte un castillo de oxígeno en algún archipiélago de nubes blanquecinas, pero si nos encuentra la lluvia no temas, yo pongo el paraguas para que pises mis charcos. Sé que nos libraremos de esta carga y escribiremos felices capítulos. Me enamora que hayas sabido acordarte de mí y regalarme un corazón que suena a armónica y una noche a tu lado. Y sobretodo, me enamoran tus palabras, por pocas que sean, porque las hago mías y las intuyo rebosantes de una sinceridad sensualmente comedida.

Del camino y sus bifurcaciones.
En el mar nos reencontramos.


 

Copyright 2010 El coleccionista de silencios.