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miércoles, 21 de julio de 2010

Aquella fue la noche más luminosa de todo el otoño. El temporal azotaba ferozmente la vegetación tras el cristal. Mis sentidos no daban crédito ante el espectáculo natural que presenciaba. Los relámpagos me fascinaban, causaban en mí un torrente de imaginación desbordada del que nadie me podía secuestrar. Recuerdo que con mamá contábamos los segundos que separaban a los truenos durante la cena para saber si la tormenta se acercaba o por el contrario, empezaba a desvanecerse. Pues bien, aquella noche el silencio se acortaba trueno tras trueno. De hecho, cuando me fui a la cama todavía seguía acercándose la tormenta. Al verme en la soledad de la oscuridad más iluminada y sonora, me sentí sumamente desprotegido y rápidamente llamé a mamá a la habitación. Cuando entró, con el delantal y un trapo entre las manos, me eché encima de ella en busca de resguardo. “Papá llegará de un momento a otro” me dijo, y me volvió a acostar, intentando desquitarme de mis temores. Yo, por tal de no molestarla más mientras preparaba la cena de papá, me estiré de nuevo y cerré fuertemente los párpados mientras me tapaba completamente con la sábana. Al poco llegó papá. Mamá le ofreció la cena y se retiró a su habitación. El comedor quedaba lejos y no alcancé a escuchar ni una sola palabra de su conversación. Aquella noche, papá cenó con gran rapidez. Cuando escuché cómo cerraba el grifo tras lavar la cubertería, supe que era mi momento. Empecé una cuenta atrás desde tres. Cuando estaba a punto de enunciar el cero, la puerta entreabierta se desplazó lentamente y tras ella apareció papá que se acercó sin hacer mucho ruido al borde de la cama. Me asomé y vi su gesto cansado y cálido. Tras un suspiro profundo no supe más que decirle: “Papá, tengo miedo, éste mal tiempo no acabará nunca…” a lo que él respondió con una caricia, un silenció tranquilizador y un beso de buenas noches. Por absurdo que parezca, éste método siempre fue el mejor para mi nerviosismo puntual. Tras esto me relajé y escuché atentamente la llegada de mi padre a la habitación. El fino muro que nos separaba ayudó a que escuchase todo lo que allá ocurría, a pesar del estruendo exterior. Recuerdo perfectamente como entró sigiloso y se acurrucó al lado de mamá por si ella dormía, y al ver que no lo hacía, suspiró profundamente y dijo algo así como “Despidieron a otro. Tengo miedo, éste mal tiempo no acabará nunca...” Lo último que pude escuchar fue la caricia y el silencio de mamá. El beso lo sentí también en mi mejilla.

David Rebollo Genestar


1 comentarios:

irene dijo...

Galeano, al veure la meva necessitat de dir, em va cedir l'espai.
Maco,eh,aquest eduardo?

un petonàs:)

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