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lunes, 16 de julio de 2012

Son las 5 y 11 de la mañana. Acaba de ocurrirme algo muy extraño.
Me he despertado de golpe, con un texto en la cabeza. Es el texto más 
hermoso que jamás he podido imaginar. Es muy breve. No creo que 
pueda escribirlo bien, porque estoy medio dormido, pero la hermosura 
del texto estaba en su esencia. Lo bien que lo redacte será lo de menos.
El texto trata sobre los infinitos y sobre las eternidades:


El amor no es para siempre, porque no es constante.
El desamor no es para siempre, porque no te olvido.
Lo eterno de verdad es el reto que nos lleva de uno al otro.
Ese reto me cabe en una mano. Fíjate bien:


















No es sólo un ocho tumbado. Son dos gotas que se besan.
Cada uno de nosotros es una de esas dos gotas.
Y esas gotas son Flores de Bach cuando el reto es amor,
y son dos lágrimas cuando el reto es desencuentro.
Esas dos gotas están en un océano. Enorme y profundo.
Las gotas fluyen y se confunden entre la multitud de gotas.
Y aunque todas las gotas parecen iguales dentro de ese océano,
estas dos gotas siempre se reconocen en cuanto se ven.
Y cuando sale la luna y nada alumbra el fondo oceánico,
las dos gotas se iluminan de golpe, y se quedan a solas.
Y entonces se besan, porque saben que juntas son infinito.
Y el reto se cumple porque no tiene fin. Porque no empieza 
en el amor, ni acaba en el olvido como el resto de retos.
El reto se cumple porque cualquiera de esas dos gotas, sin
pedir nada a cambio, deja que la otra se la beba si tiene sed.
Y así renacen una en la otra, una y otra vez...




Debo volver a la cama, son las 5.43 y mañana madrugo.
Nos vemos pronto gota. Búscame cuando me necesites.






1 comentarios:

María Menouni Villarroya dijo...

Son dos gotas que no se agotan, infinitas en su amor imperfecto.

Bello.

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