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miércoles, 23 de mayo de 2012

Ya sé que son sólo palabras. Y sé lo cómodo que resulta el velo y las horas muertas. Ojalá pudiera regalarte hechos, pues tengo un saco lleno de ellos, pero no quieren abrumarte más. Han aprendido a ser pacientes y a ocurrir sólo cuando alguien desee que ocurran, porque no quieren dar lugar a falsas deducciones, ni a que los pienses disfrazados de chantaje o coacción. Si eso ocurriese ninguno de ellos tendría sentido, porque su sentido no es una finalidad, sino el simple y despreocupado acto de que sucedan, y nos ofrezcan la excusa perfecta para compartir por compartir, y tal vez, arrancarnos alguna sonrisa de imprevisto y arrojarla al cielo, para recuperarla cuando estemos alejados, pintada de recuerdo.
Y ya sé que siguen siendo sólo palabras, pero sólo son en la medida que vos las lees. Y sólo esconden la interpretación que vos les das cuando es una interpretación bondadosa, y son las antípodas cuando malpensás sobre ellas.
Tengo escritos estos rostros tuyos de mi puño y letra (mala letra, vos sabés). Los voy recopilando guardaditos y tal vez algún día lleguen a tus manos los originales. Ahora no porque sería obligarte a leerme, y no te merecés esa tortura. Por mi parte todo bien. Si en algún momento te angustiase no saber de mí e intentar descifrar mis pensamientos y haceres, quiero que sepas que puedes estar en paz y tranquila, y creerme si te digo que nada de lo que vivo ningún daño te haría, todo lo contrario. Estoy limpiándome de miedos para abrazarte con la fuerza del sol cuando nos reencontremos.
Por último te quería decir que disfruto mucho escribiéndote. Es un momento a solas con vos. Con el vos que hay dentro de mí. Y no creas que los escribo como quien escribe un monólogo, sino que me resulta parecido a una correspondencia, porque sé la cara que estás poniendo ahora, y lo poco que queda para que arrojes la ceniza del cigarro, y la sonrisa que se te acaba de dibujar en la cara. Vos sí que sos grande, inabarcable. 



Por cierto, ayer entré en una cafetería, me senté a seguir leyendo el libro más hermoso que existe, que es el que vos me regalaste, y empezó a sonar Manolo García. No te podés imaginar la sonrisa de mis labios. Y cuando terminé y empecé a caminar por Via Laietana, las personas que me cruzaban, vestidas de fantasmas con caras tristes, me miraban con sorpresa, como preguntándose qué clase de maga podría hacer durar tanto una alegría.




David

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